miércoles, 5 de junio de 2013

TEMARIO DE TRABAJO

PROPUESTA

1. LA VIDA COMUNITARIA y el tipo de relación que existe entre nosotros: ¿Hay o no una auténtica relación entre nosotros? ¿Qué es lo que compartimos entre nosotros: el alimento, el sueldo (estipendios de misas, retiros y otros), la movilidad, el trabajo en conjunto, o también algo más personal y esencial para el crecimiento de cada uno, como la experiencia de Dios, los bienes del Espíritu, la Palabra de Dios? ¿Por qué la incomprensión u otras actitudes insignificantes impiden a menudo que nos comuniquemos? ¿Por qué tanta comunicación de poca importancia y de tan escasa calidad? ¿Estamos realmente seguros de que nos conocemos unos a otros, de que nos acogemos en el corazón unos a otros? ¿No podríamos tener la humildad de aprender a expresar la riqueza de la vida en común también a través de determinadas formas comunicativas como el discernimiento comunitario, la revisión de vida o la corrección fraterna (hay que entender bien lo que es corrección fraterna)? Frente a estas preguntas podrían servirnos para especificar otros tantos “compromisos concretos” o si fuera necesario para revisar el horario de cada día, para permitirnos la posibilidad real de una comunicación enriquecedora y planificar con fechas algunas actividades y fechas importantes a celebrar en los diferentes momentos.

 2. Otro tema es la “comunicación, la imagen que da la comunidad de sí al exterior” ¿cómo nos comunicamos con el mundo exterior y cómo testimoniamos de modo sencillo y comprensivo sus valores? Propongo pensar una actitud que solemos tener todos de “incomprensión” entre nosotros ¿acaso no podría ser reflejo, principalmente, de la pobreza de la comunicación entre nosotros, y la consecuencia de nuestra incapacidad para compartir con quien sea los bienes del Espíritu? Estar habituados a un cierto tipo de comunicación en el seno de nuestra comunidad “sirve también para aprender a comunicarse de verdad, permitiendo después a cada uno, en el “APOSTOLADO”, “confesar la propia fe” en términos fáciles y sencillos, a fin de que todos la puedan comprender y gustar”. Esto mismo vale también para un cierto modo de hacer “apostolado”, o para la actividad misma que estamos llevando a cabo: ¿Es capaz de “expresar a Dios”, de confesar su amor por todos, por los pobres y necesitados (no es tanto el área económica y afectiva) en particular? ¿Existe tal vez otro estilo que permita reflejar de modo más inmediato el amor del Padre? ¿O podríamos quizá abrirnos a algo nuevo y más coherente con nuestro espíritu y con el ministerio de la evangelización? Y en esta misma línea ¿Habrá que precisar mejor la naturaleza y la función de la propia comunidad (lo que ofrecemos a la comunidad de nuestro entorno, grupos, fraternidades etc), de sus roles y responsabilidad? Pero no en abstracto, sino siempre en relación con un valor prioritario.

 3. La vida de oración podemos revisarla convenientemente a la luz de un valor central como es el de la “comunicación interpersonal”. Con mucha frecuencia, nuestra oración es solitaria, individual ( nuestra misa conventual), una relación con un Dios “privado” (eso damos a los fieles), no participada, y de este modo nuestra experiencia de Dios permanece en secreto, no se pone a disposición de los demás, no se deja fructificar de cara al crecimiento y la santidad de todos. ¿Qué podemos decir sobre el crecer juntos ante Dios en un camino de santidad comunitaria? Nuestra oración, de hecho, ¿Es experiencia de comunicación y comunión, o deja a cada uno cómodamente encerrado en su individualidad (veamos nuestra participación de la liturgia y el oficio de lectura cada día? ¿Practicamos algún beneficio eclesiástico: con qué espíritu y empeño? ¿Está abierta nuestra oración a los laicos, para que también ellos gusten la belleza de Dios y canten sus alabanzas? ¿”Comunica” nuestra oración esta belleza? ¿La anuncia y da testimonio de ella? Además, ¿Es la nuestra una oración profundamente marcada por el carisma, que pueda llevarnos a la experiencia mística de nuestro Padre Santo Domingo para que también nosotros podamos vivirla? Ciertamente, esto se verifica con el ritmo diario, semanal y anual de la oración en sus diversas expresiones (de la eucaristía a la liturgia de las horas, de su dimensión penitencial a la contemplativa); de sus momentos importantes y de revisión (retiros anuales o mensuales), pero siempre en consonancia con el valor central.

 4. Áreas de una vida de consagración: tenemos los siguientes aspectos que a veces corren el riesgo de no recibir la atención que se merecen: Los votos, la formación permanente, la animación vocacional y otros. Este modo de “proyectar” la vida es ya en sí mismo formación permanente que se prolonga en el tiempo con los instrumentos y utensilios de la vida cotidiana que cada uno experimenta entre los hermanos y hermanas que el Padre ha puesto a mi lado como mediación misteriosa de su “acción formadora”.