domingo, 8 de enero de 2012

OBEDIENCIA Y CORRESPONSABILIDAD

Reflexiones para una Asamblea Dominicana

 

 


            El día de nuestra profesión in manibus hemos prometido una sola cosa: ser obedientes. Dijimos ante los hermanos: “Prometo obediencia a ti...” Y sabemos bien que, en la tradición dominicana, la obediencia no es la sumisión de nuestra voluntad a la del superior; como expresión de nuestra fraternidad, ella se apoya en el diálogo y la discusión. Ya que la palabra obedire viene de ob-audire, no debe sorprendernos que el inicio de la verdadera obediencia dominicana tenga lugar cuando dejamos que nuestro hermano hable y nosotros escuchamos. Por eso, la obediencia requiere toda nuestra atención y receptividad.

            Recordemos la convicción que tenía Domingo de que Dios le hablaba a través de otras voces y no sólo por la suya. Por eso organizó su familia de tal manera que todos pudieran ser oídos. Por eso también, confió tanto en sus compañeros. Todos somos valiosos en la Orden; pero lo somos, ante todo, porque nos otorgamos mutuamente misericordia. La Orden no nos tiene que agradecer que formemos parte de ella; más bien nosotros deberíamos agradecer la misericordia que recibimos de los hermanos.

            El primer lugar en donde practicamos la obediencia es en la comunidad local o Provincial. En la Asamblea, por tanto, ponemos en acto nuestra obediencia. Mediante la discusión y el intercambio buscaremos la unidad de la mente y del corazón para lograr el bien común. Discutiremos -como buenos dominicos- pero no para ganar, sino con el deseo de aprender unos de otros. Lo que se busca no es la victoria de la mayoría sino, a ser posible, la unanimidad. Esta búsqueda de la unanimidad -a veces inalcanzable-, es una forma de obediencia que nace de la convicción de que aquellos con los que no estamos de acuerdo tienen algo que decir y que, por lo mismo, nosotros no podemos alcanzar la verdad solos. Para nuestra tradición, verdad y comunidad son inseparables.[1] ¿Deberemos recordar nuevamente la célebre frase de Alberto Magno “In dulcedine societatis quaerere veritatem”?

            En su carta sobre la Vida común, fr. Damian Byrne nos recordaba  que “en el sistema democrático dominicano nuestra meta es seguir una mente y un corazón, a fin de alcanzar un consensus tan amplio como sea posible, lo que es un testimonio de mucho más peso que la mayoría absoluta. «Este esforzarnos por la unanimidad» decía el padre Vicente de Couesnongle, «aunque no siempre se consiga, es garantía segura de la presencia del Espíritu Santo y, en consecuencia, es un camino más cierto para descubrir la voluntad de Dios».”[2]

            Esto implica que la obediencia en comunidad toma tiempo. La mayor parte de nosotros estamos ocupados y esto puede parecernos una pérdida de tiempo. Sin embargo, “perdemos el tiempo” discutiendo unos con otros porque precisamente éste compartir la vida es el que nos ayuda a encontrar la verdad de las cosas.

            Seguramente coincidiremos en que nuestro sistema de gobierno no es quizá el más eficiente. Un modelo más centralizado y con un fuerte ejercicio de la autoridad nos permitiría responder más rápidamente a las crisis, tomando decisiones rápidas. Pero para aquellos que vivimos en la Orden, la libertad de elegir el propio gobierno es algo tan bendito, que es necesario cuidarlo aun a riesgo de ineficiencias.

            Sin duda se dará una tensión entre este proceso de diálogo y búsqueda del consenso, por un lado, y el momento de ponerse uno en las manos de los hermanos, haciendo honor a nuestra profesión. Pero es una tensión fructuosa más que un compromiso negociado. Hay que convencerse –si hiciera falta- que, en la fe, muriendo se accede a la Vida. En la vida dominicana también debemos animarnos a morir si queremos vivir.

            En este “poner en acto” nuestra obediencia dominicana, me gustaría destacar dos aspectos relevantes a la hora de discernir como hermanos de la Orden reunidos en Asamblea: el encuentro en la diversidad y “el coraje de futuro”.

ENCONTRARSE EN LA DIVERSIDAD.

            La convivencia al interior de nuestras comunidades y de la comunidad Provincial es como un tejido de relaciones entre personas concretas, dotadas todas ellas de una historia singular, en la que se entrelazan las conductas de un pasado inalterable, las preocupaciones del presente y las ilusiones y proyectos del porvenir. Por lo tanto, la condición de posibilidad que tienen tanto nuestras comunidades como nuestra Provincia exige, en primer lugar, tratarnos como personas, sintiéndonos reconocidos por nuestros hermanos, y viendo en ellos el necesario complemento de nuestra existencia personal, no los competidores que limitan nuestros intereses personales.

            Nuestro hermano Timothy Radcliffe proponía reflexionar a los religiosos y religiosas reunidos en el Congreso Internacional celebrado en Roma, sobre una de las características dramáticas de nuestra cultura: la crisis de desplazados. Al respecto decía: “La vida religiosa tiene una vocación urgente de ser signo de la gran familia de Dios, de la gran amplitud del Reino, al que todos pertenecen y donde se sienten seguros. Si estamos a gusto en este espacio con Dios, entonces estaremos a gusto entre nosotros. Podemos hacer esto de muchas formas. Miles de religiosos, hermanas y hermanos, han dejado sus casas para sentirse en casa con gente que no conocen. Pequeñas comunidades de hermanos/as viven en pueblos musulmanes, desde Marruecos hasta Indonesia, aprendiendo lenguas extranjeras, comiendo comida extranjera, encarnándose y entrelazándose en el tejido de otras formas de ser humanas. También abrazamos diferencias étnicas y culturales dentro de nuestras comunidades.”

            Continúa diciendo: La diferencia más dura para nosotros en la vida religiosa no es ni la étnica ni la cultural sino la teológica. Puedo vivir tranquilamente con mi hermano de otro continente, pero ¿Puedo vivir a gusto con otro que tiene diferente eclesiología o cristología? ¿Podemos encontrarnos dentro de las divisiones de nuestra Iglesia? Sólo cuando podemos hacer esto somos signos de la inmensidad de Dios. Comunidades de mentalidades iguales son débiles signos del Reino. Esto requiere de nosotros mucho más que una mutua tolerancia. Desde luego, tenemos que atrevernos a hablar de nuestras discrepancias. Esto requiere un mutuo interés que nos lleve más allá de nuestros estrechos límites, de nuestras simpatías y lenguas. ¿Me atrevo a dejarme tocar por la imaginación del otro y de entrar en sus esperanzas y miedos? Tenemos que lanzarnos a abrir nuestros corazones y mentes, a lo que Santo Tomas de Aquino llamó «latitudo cordis», lo que nos lleva a la casa espaciosa de Dios.”[3]

¿TODAVÍA “CORAJE DE FUTURO”?

            Recuerdan, quizás, la célebre carta de fray Vicent de Couesnongle “El coraje de futuro”.[4] En la etapa del prenoviciado, fue el primer escrito que leí de un Maestro de la Orden y hasta hoy encuentro en ella palabras iluminadoras.

            Cuando sobreabundan los discursos sobre “el fin” de tantas cosas: el fin de las ideologías, el fin de la historia, el fin de la política, el fin del trabajo, el fin del Estado; es pertinente la pregunta: ¿Todavía “coraje de futuro”? Recordemos algunas de las reflexiones de fray Vincent: Cualquiera que sea nuestra situación dentro de la Orden y ante la llamada de Dios, la actual crisis en que se encuentra la Iglesia y toda institución religiosa nos obliga a afrontarla. Nuestra vida no puede ser fácil. Lo que más necesitamos es coraje. No se trata de cualquier clase de coraje, sino del que ha configurado la vida de santo Domingo (...) Es el coraje de un «hombre evangélico» que vive, en la fe, el impulso de una esperanza sin limites.”

            ¿Cuáles eran, según su análisis, los rasgos característicos de ese “coraje de futuro”? Fray Vincent indicaba tres: la capacidad de ver las cosas con una mirada nueva; el reconocimiento lúcido de los límites de cuanto se hace con la correspondiente disposición al cambio; y el apoyo fiel en la esperanza que no defrauda: el Dios de Jesús. Tres saludables cauces, creo, para transitar en una Asamblea Provincial.

            Y en el último párrafo de su carta expresaba: “Que nuestra confianza, por su firmeza, sea contagiosa. Comuniquémosla unos a otros. El coraje es siempre contagioso, como el miedo, la duda, el fatalismo. Participemos con los otros, y especialmente con los miembros de nuestra comunidad, esta esperanza que nos anima. Que cada uno de nosotros sea consciente de su gran responsabilidad ante los hermanos en este campo.”

CONFIADOS UNOS DE OTROS.

            Volvamos al comienzo. Dice Fray Carlos Azpiroz en su carta sobre la “Itineracia dominicana”: Todos nosotros hemos hecho profesión a través de la ofrenda de nuestras manos y, al mismo tiempo, a través de la ofrenda de las manos de quien, sosteniendo las nuestras, recibió nuestra profesión. Es un intercambio mutuo de voluntades. Las manos abiertas a la gracia de Dios, abiertas a la misericordia de los hermanos y hermanas con quienes comprometemos nuestro futuro ¡aún sin conocerlo!  Es un verdadero signo de confianza mutua. Nuestro futuro en las manos de los hermanos. El futuro de nuestros hermanos en las nuestras. ¡He aquí toda la estabilidad dominicana! ¡Solamente sostenida por la estabilidad de nuestra profesión de obediencia!”[5]

            Queridos hermanos: les deseo, de corazón, una fecunda Asamblea. Que repasando el itinerario recorrido en la construcción de una planificación pastoral en la Provincia de San Juan Bautista del Perú, podamos decir con el salmista, a las próximas generaciones: “Éste es el Señor nuestro Dios. Él es nuestro guía para siempre” (Sal. 48,15). Muchas gracias.



Fr. Gabriel M. Nápole, OP
Enero - 2012


[1] Estas reflexiones sobre la obediencia dominicana fueron tomadas de T. Radcliffe, OP. “Entregados a la misión” [03-04-1994], “Alabar – Bendecir – Predicar”. Palabras de gracia y verdad (1062-2001), Salamanca 2004, 326-334.
[2] D. Byrne, OP. “Sobre la vida común” [25-11-1989], “Alabar – Bendecir – Predicar”. Palabras de gracia y verdad (1062-2001), Salamanca 2004, 217.
[3] T. Radcliffe, OP.Vida Religiosa después del 11 de septiembre. ¿Qué signos ofrecemos?  http://www.vidimusdominum.org/HomePage/SPA/congress_spa.php (2004).
[4] V. De Couesnongle, “El coraje del futuro” [06-01-1975], “Alabar – Bendecir – Predicar”. Palabras de gracia y verdad (1062-2001), Salamanca 2004, 60-74.
[5] C. Azpiroz Costa , OP. “«Caminemos con alegría y pensemos en nuestro Salvador». Pinceladas sobre la itinerancia dominicana”, http://www.op.org/international/espanol/Documentos/Maestros_orden/AzpirozCosta/itinerancia1.htm (2004).