domingo, 27 de noviembre de 2011

Vivimos en una cultura que...

 A DÓNDE IR
Vivimos en una cultura que se caracteriza de manera muy particular, por la decadencia de valores morales; donde el “consumismo” y el “egocentrismo” son cada vez más los pilares de la juventud y, por supuesto, la rebeldía como algo infaltable; entre ellos encontramos a la mayoría de los jóvenes que son rebeldes sin causa, ya que se centran en exigir sus derechos y se olvidan de sus obligaciones.
Como consecuencia  de todo esto el mal uso de su libertad;  pasando a un segundo plano la libertad verdadera que ofrece Jesucristo: “…conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres” (Jn.8, 32.33); de este modo, la libertad que nos ofrece Jesucristo se convertirá en libertinaje.
Como producto de este libertinaje encontramos a jóvenes despistados sin rumbo alguno, malgastando sus valiosas etapas de su vida, sumergiéndose en el mundo de las drogas, alcoholismo, sexo, etc. Mi pregunta es, ¿que tipo de personas serán mas adelante? Es algo lamentable el solo hecho de pensar, pero también cabe resaltar que muchos jóvenes saben escoger entre lo bueno y lo malo, a pesar de que vivimos en una cultura Light, y el “facilismo”: donde todos quieren engañar y nadie quiere ser engañado.
Pues es una alegría que no se dejen arrasar por todo lo malo, aunque el resto los consideren como personas que no están con la nueva era, les ven como bichos raros. Alegraos pues porque esos pocos son los verdaderos sabios y los verdaderos herederos del cielo, porque saben lo que eligen y aman lo que hacen,  porque hasta el Hijo de Dios fue considerado como loco por decir la Verdad. Jesús tenía razón en afirmar: “ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición y son muchos los que por ella entran. Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva  a la vida y cuán pocos los que dan por ella”. Y como elección de lo bueno nos da la recompensa, en las bienaventuranzas, que son un LLAMADO hacia la perfección, y a la ESPERANZA  para quienes lo cumplen; ya que la esperanza es la hija de la fe y la caridad es la hija de la esperanza.
Estos pocos son los verdaderos rebeldes porque hacen lo que más les cuesta hacer y dejan de hacer lo que más les gusta hacer (satisfacer sus necesidades pasajeras).
Entre ellos hay un grupo muy reducido, que es escogido de manera muy especial por Dios, para entregar sus vidas por completo al servicio de su amado.
El llamado que sentimos los jóvenes en lo más recóndito de nuestro ser, para seguir a alguien que te pide que seas cada día mejor y que busques la perfección de alguna u otra manera y que tu amor no quede redundado entre Dios y tu, sino que sea fruto para dar a los que no tienen y no conocen a Dios, ósea nos llama para ser sus mensajeros entre Él y los  hombres; un claro ejemplo: tenemos a santo Domingo que nos dice “contemplata allis traedare”.
Teóricamente esto suena interesante y decimos esto es mío, es lo que estuve buscando. Y ese fuego pequeño que arde dentro de nosotros se hace aún más grande y nos impulsa a cambiar de dirección, y nos abrimos un nuevo horizonte donde apreciamos el lugar endémico que tanto anhelamos llegar; de inmediato con el impulso del Espíritu Santo, remamos mar adentro en busca de nuestro tesoro.
Pero al momento de partir sentimos el primer golpe de la elección, ya que tenemos que abandonar todo, así se repite la historia del joven rico que le pregunta a Jesús. “…Maestro bueno que he de hacer para alcanzar la vida eterna…” (Mc 10,17). Preguntándole y escuchando su repuesta le dice: “una cosa te falta, vete vende cuanto tienes y dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, luego VEN Y SIGUEME”.
Así como el joven muchos no quieren desprenderse de sus bienes, de sus planes y de sus hogares,  prefieren quedarse en la orilla.
Pero somos muy pocos los que subimos a la barca a pesar de que nos duela abandonar lo que tenemos, y en muchas ocasiones ni siquiera aceptan nuestros padres; pero Jesús dijo “el quien quiera venir en pos de mi, niéguese así mismo tome su cruz y sígame”. (Mt. 16,14). Fieles a la invitación que Dios nos hace nos abalanzamos.
Los que logramos subir a la barca tenemos una peculiar característica de que de inmediato queremos remar mar adentro, queremos avanzar lo mas rápido posible ya que queremos experimentar de pleno la misión que Dios no llamo. Sin darnos cuenta de que hasta Jesucristo siendo Hijo de Dios, avanzó pacientemente hasta llegar a una edad madura para dar a conocer el reino de su padre y al mismo tiempo hacerse conocer como Dios. Con esto no quiero negar la divinidad de Jesucristo dividiéndolo en etapas, porque en el evangelista San Lucas nos cuenta, que Jesús cuando tenia 12 años, sus padres le llevaron a Jerusalén en la fiesta de pascua, acabada la fiesta sus padres pensando que estaba en la caravana, se fueron buscando y preguntando a sus familiares, luego de buscar desesperadamente volviera a Jerusalén, después de 3 días le hallaron en el templo en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles (Lc 2,40.47), solo quiero mostrar que Jesucristo fue tan humano como nosotros y verdaderamente Dios. Pues no solo bastó que llegara a una edad adulta, sino que para iniciar con su vida pública se internó durante 40 días en el desierto. (Lc4, 1.13).para demostrarle a su padre de que nadie podía desviarle de su misión.
El echo de ponernos una venda por las ansias de ser ya (sacerdotes o monjas), no nos permitió ver que en el barco había más personas, de alguna manera nos alegramos porque vamos a tener compañía en nuestro viaje, y tendemos a tratarnos como héroes que sobrevivimos y nos esforzamos en llevarnos bien, hacernos amigos de todos y pasarlo todo chévere, todo lo vemos como bueno, pese a que este mal, como no queremos discusiones lo tomamos como bueno, nos convertimos en avestruces que metemos la cabeza debajo de la tierra, pero también hay los leones que se creen los reyes aprovechándose de la inautenticidad del otro que no le dice nada.
Y sin que nos demos cuenta de que el volcán que supuestamente lo dejamos en la orilla esta apunto de estallar; en realidad lo que hicimos fue hacerle dormir, y ahora se va despertando con cada golpe que recibimos, y los rencores que estuvimos guardando dentro de nosotros.
Seguramente no escuchamos algo muy importante, en la invitación que Jesús nos hizo. “…toma tu cruz y sígueme”. (Mt. 16,24.25). Lo que escuchamos solo fue SIGUEME. A consecuencia de esto he escuchado decir a muchos que mi vida va cambiar estando acá en el convento, voy a ser distinto-a; esto es el error mas grande, por que el ser humano no cambia, puede mejorar, menos puede desaparecer nuestro pasado, porque en nuestro pasado se encuentra el proceso de nuestra formación como personas que somos, que nos hace distinto de los demás. Así como la cebolla, cuanto más grande es,  tiene más capas; es casi similar con los hombres, sus años vividos lo han moldeado, por eso cada cicatriz es parte de nosotros y parte de nuestro pasado, que viene a ser un  misterio para los demás. Nuestra vida es una constante superación de nuestro pasado.
Si nos damos cuenta nuestro barco está a punto de explotar, por que va cargado de volcanes activos, a esto lo llamo bomba de tiempo.
Uno de los principales motivos para que nuestro barco se convierta en bomba de tiempo es que nosotros los tripulantes, no nos hemos dado a conocer tal y como somos. Ya que nuestra relación es a través  de máscaras idealizadas de nuestro yo real, y por el mismo hecho de que nunca hay  verdadera comunicación y, si lo hay, es una comunicación comprometida, con la finalidad de no caerle mal, de esa manera nos engañamos más y sobre todo que  hemos cambiado, y nos convertimos en víctimas de los que se aprovechan; creyéndonos santos o mártires.
Acá viene a tallar un aspecto muy importante, que los problemas o defectos que vemos en nuestros hermanos, muchas veces es el reflejo de nuestros propios problemas.
Esto se da a conocer en nuestras relaciones diarias, por el mismo hecho de que vivimos en un ambiente casi público, donde todo es de todos sin ser de nadie; donde existen personalidades, culturas, caracteres, distintos; sobre todo, porque cada uno de nosotros, somos personas con diferentes personalidades y muchas veces preconcebidas  con las que siempre solemos relacionarnos, y estando acá encontramos personas distintas a nuestra concepción mental y, a de primera vista, nos ponemos en el camino,  una barrera que dificulta las relaciones.
Por lo tanto es necesario ser auténticos, mostrarnos con nuestras dificultades y nuestros talentos. Y la única manera eficaz de encontrar nuestras dificultades y nuestros talentos, es navegando hacia nuestro mundo interior.
A muchos de nosotros nos da miedo enfrentarnos a nosotros mismos, nos da miedo destapar la caja de nuestro pasado, solamente, así podremos descubrir en realidad quiénes somos y en realidad qué es lo que buscamos.
 Es necesario crecer bebiendo del pozo de nuestro pasado, para conocernos y darnos a conocer tal y como somos, y ser un verdadero instrumento de Dios; un claro ej: tenemos el proceso de desarrollo de los árboles; ya que desde el momento en que es plantado en la tierra, lo primero que desarrolla son las raíces, que penetran a lo más profundo de la tierra, en busca de aguas subterráneas para que no se muera en tiempo de sequía, y en la medida que las raíces están creciendo, se va desarrollando como árbol, adquiriendo tallos, hojas y así se convertirá en un árbol frondoso y en el hogar de la aves.
Antes de empezar a remar mar adentro, es necesario reparar nuestro barco personal y el barco comunitario.
Hijo  mío,  si te das al servicio de Dios, prepara tu ánimo a la tentación. Ten recto el corazón y muéstrate firme, y no te dejes arrastrar al tiempo de la adversidad. Adhiérete a Él y no te separes, para que tengas buen éxito en tus postrimerías.
Recibe todo lo que te sobrevenga, y ten buen ánimo en las vicisitudes de tu humillación. Pues el oro se prueba en el fuego, y los hombres gratos a Dios, en el crisol de la humillación. Confíate a Él y te acogerá, endereza tu camino y espera en Él (Ecl. 2.6).


sábado, 26 de noviembre de 2011

QUIERO INVITARTE A FORMAR PARTE DE LA VIDA DOMINICANA


FORMA PARTE DE NOSOTROS, VIVIENDO EN COMUNIDAD, ORACIÓN Y ESTUDIO

CONDICIONES DEL PREDICADOR: LA ESCUCHA Y LA COMPASIÓN

CONDICIONES DEL PREDICADOR: LA ESCUCHA Y LA COMPASIÓN

¿Cuáles son las condiciones de un buen predicador? Y ¿Qué debemos predicar?
Para predicar, más importante que la boca, son las “orejas” y el “corazón”. Predicar no es posible, además, sin compasión y empatía. Si recordamos la famosa leyenda de la conversación durante una noche de Santo Domingo con el hospedero, su actitud no fue hablar, sino escuchar en forma “compasiva”. Es importante rescatar los valores comunes desde la diversidad.
Lo que tenemos que predicar primero que nada, es la gracia de Dios, el amor de Dios, la dignidad de una persona única, la libertad de todas formas de esclavitud y la compasión de Dios.
PREDICANDO LA ESCUCHA Y COMPASIÓN
No hay que confundir entre COMPASIÓN y LÁSTIMA
La compasión de Jesús estaba profundamente marcada por las miserias, los dolores y las carencias del ser humano, nos parece totalmente lógica porque sabemos de su inmenso amor hacia nosotros.
Entre compasión y lástima hay todo un abismo de sentimientos y de actitudes, es mucho más fácil el sentir lástima que compasión, porque cuando sentimos compasión, podemos ponernos en los zapatos de la otra persona y experimentar lo que siente, podemos empatizar (meterse en el pellejo de, ponerse en el caso de, sentir empatía, sentir empatía por) con ellos, comprenderlos y por lo mismo, estos sentimientos nos llevan a la acción, al deseo de hacer algo por aliviar ese dolor. La compasión nace de nuestro espíritu y nos motiva a dar lo mejor de nosotros para aliviar al que sufre.
En cambio lástima, es simplemente una emoción momentánea, nace y muere mientras dura el impacto de la emoción, es pasiva, no busca soluciones y en forma inconsciente descalifica y rebaja a quien provoca la lástima, lo hace sentir inferior y el ser humano lo percibe, es conocida la frase “no quiero que me tangan lástima”.
La compasión de Jesús y la que deberíamos tener nosotros es esa preocupación por comprender y por ayudar a solucionar los problemas de los otros como un verdadero gesto de fraternidad empatía y de amor, porque sin duda que “conocer a nuestros hermanos, en desgracia, entender sus problemas y aprender a amarlos es una de las experiencias supremas de la vida”.
Jesús introduce en medio de esta sociedad una alternativa que lo transforma todo: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lucas 6, 30). Es la compasión de Dios y no la santidad el principio o el “ethos” (ética…proviene del griego ethos, que significa análogamente “modo de ser” o “carácter” en cuanto forma de vida también adquirida o conquistada por el hombre. Así originariamente ethos y mos, “carácter” y “costumbre”, hacen hincapié en un modo de conducta que no responde a una disposición natural, sino que es adquirido o conquistado por hábito) que ha de inspirar la actuación humana. Jesús no niega la santidad de Dios, pero lo que cualifica esa santidad no es la separación de lo impuro, el rechazo de lo santo. Dios es santo y grande no porque rechaza y excluye a los paganos, pecadores o impuros, sino porque ama sin excluir a nadie de su compasión. Por eso, la compasión no es, para Jesús, una virtud más, sino la única manera de ser como Dios. El único modo de mirar el mundo, de sentir a las personas y de reaccionar ante el ser humano de manera sana, como Dios.
Esta compasión no es un mero sentimiento sino un principio de acción que desafía los esquemas de actuación convencionales. Consiste en interiorizar y hacer nuestro el sufrimiento del otro para reaccionar y hacer por él todo lo que podamos. Jesús lo sugirió de manera provocativa en la parábola del buen samaritano (Lucas 10, 30 -36). Jesús habla de un hombre asaltado y abandonado medio muerto en el borde de la acera, de un camino solitario. Afortunadamente, por el camino aparecen dos viajeros: un sacerdote y un levita. Vienen del templo, después de realizar su servicio cultual. El herido los ve llegar esperanzado: son de su propio pueblo; representan al Dios del Templo; sin duda, tendrán compasión. No es así. Los dos dieron un rodeo y pasaron de largo. Por el camino aparece un tercero.
No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece al pueblo elegido. Es un odiado samaritano, miembro de un pueblo enemigo. El herido lo ve llegar atemorizado. Se puede esperar lo peor. Sin embargo, el samaritano “tuvo compasión”, se acercó al herido e hizo por él todo lo que pudo hasta salvarlo (Jesús utiliza el mismo término para describir la acogida del padre del hijo prodigo y la actuación del samaritano  “se conmovió”). La parábola rompía todos los esquemas y clasificaciones entre amigos y enemigos, entre pueblo elegido y gentes extrañas e impuras ¿Será verdad que la compasión nos puede llegar, no del Templo ni de los canales religiosos oficiales, sino de un enemigo proverbial? Jesús miraba la vida desde el borde de la acera, de la zanja, con los ojos de las víctimas necesitadas de ayuda. No había duda. Para Jesús, la mejor metáfora de Dios era la compasión con los heridos. Y la única manera de ser como Dios y actuar de manera humana era actuar como aquel samaritano. La parábola de Jesús introducía un vuelco total. Los representantes del Templo pasan de largo junto al herido. El odiado enemigo es el salvador. Con la compasión caen las barreras. Hasta un enemigo tradicional, renegado por todos, puede ser canal de la compasión de Dios. ¿Habrá que olvidar prejuicios y enemistades seculares, los odios y sectarismos? ¿Habrá que reordenado todo desde la compasión?
Una última parábola en la que no es fácil llegar hasta el relato original de Jesús, nos permite captar la revolución que introduce en la historia (Mateo 25, 31 - 6. Se la llama tradicionalmente la parábola del «juicio final» o «las ovejas y cabras separadas por el pastor).
La parábola es en realidad una descripción grandiosa del juicio de todas las naciones (ante el rey y pastor comparece «la asamblea de las naciones»). Allí están gentes de todas las razas y pueblos, de todas las culturas y religiones, generaciones de todos los tiempos. Se va a escuchar el veredicto final que lo esclarecerá todo. Dos grupos van emergiendo de aquella muchedumbre. Unos son llamados a recibir la bendición de Dios para heredar su reino; a otros se les invita a apartarse. Cada grupo se dirige hacia el lugar que ellos mismos han escogido. Unos han reaccionado con compasión ante los necesitados; otros han vivido indiferentes a su sufrimiento. Lo va a decidir su suerte no es religión ni su piedad. No han actuado por motivos religiosos. Sencillamente, unos han vivido movidos por la compasión, otros no.
En la parábola se habla de seis situaciones de necesidades básicas. No son casos irreales, sino situaciones que se conocen en todos los pueblos de todos los tiempos. En todas partes hay hambrientos y sedientos; hay inmigrantes y desnudos; enfermos y encarcelados. No se habla de grandes como “justicia” o “solidaridad”, sino de comida, de ropa, de algo de beber, de un techo para resguardarse. No se habla tampoco de “amor” sino de cosas tan concretas como “dar”, “acoger”, “visitar”, “acudir”. Lo decisivo no es la teoría, sino la compasión que lleva a ayudar al otro cuando está necesitado. El verdadero progreso, la salvación de la humanidad está en atender a los desgraciados del mundo. Su perdición, por el contrario, en la indiferencia ante el sufrimiento. El mensaje proclamado y vivido por Jesús hasta el final fue este: “Sed compasivos como vuestro Padre del cielo”.
La compasión como principio de actuación:
Jesús no habla nunca de un Dios “indiferente” o lejano, descomprometido de la vida de los humanos o interesado sólo por su honor, su gloria o sus derechos. En el centro de su experiencia no encontramos la imagen de un Dios “legislador” intentando gobernar el mundo por medio de leyes, al tiempo que amenaza a sus criaturas con castigos terribles o trata de seducirlas con premios maravillosos. Tampoco experimenta a Dios como un ser “justiciero” irritado o airado ante nuestros pecados.
Para Jesús, Dios es compasión; “entrañas”, dirá él, “rahamim” (regazo materno). Es su imagen preferida (el término sugiere diversos matices: “dar vida”, “alimentar”, “cuidar”). La compasión es el modo de ser de Dios, su primera reacción ante sus hijos e hijas, su principio de actuación (obrar). Dios siente hacia sus criaturas lo que una madre siente hacia el hijo que lleva en su vientre. Dios nos lleva en sus entrañas. Las parábolas más bellas y conmovedoras que salieron de labios de Jesús y sin duda las que más trabajó en su corazón fueron las que narró para hacer intuir a todos la increíble misericordia de Dios (empleo indistintamente los términos de “misericordia” o “compasión”. En general, prefiero hablar de “compasión” pues sugiere mayor cercanía. “Tener misericordia” puede hacer pensar en una relación que establece con quien está más abajo). Esta experiencia de un Dios compasivo fue el punto de partida de toda la actuación revolucionaria de Jesús y le condujo a introducir en la historia de un nuevo principio de actuación: la compasión.
Compasión
La compasión es parte de vuestra misión, que perpetúa el carisma de Domingo “para con los pecadores, los pobres y los afligidos, llevándolos en el sagrario íntimo de su compasión” (LCM 35 § I). El Dios de Domingo es un Dios de misericordia. Compasión significa ir liberándose de esa dureza de corazón que se manifiesta en el juicio sobre los otros, despojarse de la armadura que mantiene a los demás a raya, aprender la vulnerabilidad ante el dolor y desorientación del otro, escuchar su grito de ayuda. Esto lo aprendemos ante todo en nuestras comunidades. ¿Nos atrevemos a conmovernos por el sufrimiento de la hermana que está a nuestro lado? ¿Osamos arriesgarnos a oír sus peticiones de ayuda a medio expresar? Si no, ¿cómo podemos encarnar la compasión de Domingo por el mundo?
Compasión es más que un sentimiento, es abrir los ojos para ver a Cristo entre nosotros todavía sufriente, como Las Casas vio a Cristo crucificado en los indios de La Española. Es una educación del corazón y de los ojos lo que nos hace estar atentos al Señor que está con nosotros en los agobiados y heridos. La compasión es, así, verdaderamente contemplativa, clarividencia. Como dice Borgman, “Conmoverse e impresionarse ante lo que sucede a la gente y lo que esto significa para ellos es un modo de percibir la presencia de Dios. Compasión es contemplación en el sentido dominicano” Compasión contemplativa es aprender a mirar a los otros desinteresadamente. De este modo está profundamente unida con la pasión por un mundo justo. El compromiso de la Orden con la justicia se queda fácilmente en ideológico si no nace de la compasión contemplativa. “Una sociedad que no entiende la contemplación no entenderá la justicia, porque habrá olvidado cómo mirar al otro desinteresadamente. Se refugiará en generalidades, prejuicios, clichés egoístas”.
La compasión nos lleva más allá de nuestras propias divisiones. El monasterio de Rweza en Burundi está rodeado por la guerra. Las hermanas proceden de diferentes grupos étnicos que están en lucha, y todas han perdido miembros de su familia. Cuando se las preguntó qué es lo que las mantenía unidas, dijeron que la unidad es un don de Dios que nunca podrían agradecer suficientemente. También dijeron que escuchan juntas las noticias por la radio, por más que sea doloroso. El compartir ese dolor las hace uno.
Por consiguiente, la compasión implica un conocimiento de las necesidades de la Orden y del mundo. He visto que en los monasterios florecientes hay a veces un deseo de saber de la Orden y de sus necesidades, lo mismo que Diana importunaba a Jordán pidiéndole noticias de sus misiones. “¿Para qué quieres que recemos?”. Existe una sed de entender lo que sucede en lugares de guerra, tales como Argelia o Ruanda. Por eso el monasterio necesita tener acceso a la información y a un análisis real, más bien que a noticias que simplemente entretienen, para que podáis llevar a Dios las necesidades del mundo.
Oración
La compasión se desborda en oración. Los primeros frailes siempre estaban pidiendo a las monjas que rezasen por ellos porque tenían poco tiempo. Raimundo de Peñafort se quejaba a la priora de Bolonia de que estaba tan absorbido por los trabajos de la corte papal que “a duras penas soy capaz de alcanzar o, para ser del todo honrado, incluso de ver desde lejos la tranquilidad de la contemplación… Por eso es una gran alegría y un enorme consuelo saber que me siento ayudado por vuestras oraciones”. Jordán escribe a Diana: “Reza por mí con frecuencia y con fidelidad al Señor, pues lo necesito más que nunca a causa de mis muchos defectos, pues raramente rezo”.
Esto podría dar la impresión de que los frailes y las monjas están empeñados en dos actividades totalmente diferentes, los frailes en la predicación y las monjas en la oración, lo mismo que en una casa la esposa puede hacer la comida y luego dejar al marido que friegue los platos, ¡si tiene suerte! Pero en la predicación compartimos la palabra que se nos da. Por ello orar esa palabra es parte del acto de la predicación. No precede simplemente a la predicación, como el cocinar precede al fregado de los platos. Es parte de la venida de la Palabra, y por eso las monjas están muy íntimamente envueltas en el acto de la predicación. “La misión de las monjas consiste en buscarle en el silencio, pensar en Él e invocarlo, de tal manera que la palabra que sale de la boca de Dios no vuelva a él vacía, sino que prospere en aquellos a quienes ha sido enviada” (LCM Fund. I § 2). Para Jordán son las oraciones de Diana y de su comunidad las que hacen su predicación poderosa y las que atraen una riada de vocaciones.
Para Santo Tomás de Aquino la forma más típica de oración es la intercesión y la acción de gracias. Pedimos a Dios lo que necesitamos y le agradecemos cuando se nos concede. Esto puede sugerir un modo infantil de estar en el mundo, como si fuésemos incapaces de hacer nada por nosotros mismos. En realidad, es la madurez de los que comprenden que todo es gracia. En el mundo del consumismo, donde todo tiene un precio, pedir se considera un fracaso. Pero, si vivimos en el mundo real, creado por Dios, pedir lo que necesitamos es ser auténticos, es el reconocimiento de que Dios “es el autor de todos nuestros bienes”. Más aún, es contestando a nuestras oraciones como Dios a veces actúa en el mundo. Dios quiere que pidamos, para que él pueda darlo en respuesta. La oración no es forzar a Dios para que cambie de opinión. Pertenece a la amistad que Dios nos dé lo que pedimos. Por tanto, con vuestras oraciones participáis en la acción de Dios en el mundo.
La compasión
es una pasión despertada por el dolor ajeno,
una reacción de simpatía
de un corazón salido de sí y vuelto hacia el otro,
una emoción que deriva del hecho
de sentir y sufrir con el pobre.

La compasión era el motor que impulsaba a Jesús
a dar pasos concretos y prácticos
hacia la solidaridad y misericordia.
Utilizaba su poder,
mediante intervenciones extraordinarias,
para eliminar o solucionar aquel mal que tanto le apenaba,
transformándose de esta manera
en un liberador de todo sufrimiento,
en un redentor de todo dolor.



ACTITUD CONTEMPLATIVA DEL ACOMPAÑANTE

Otra característica importante de quien acompaña desde lo psico-histórico-espiritual, es la actitud contemplativa que brota de la experiencia de la gratuidad de quien sabe reconocer que las cosas no son producidas por sí mismo(a), sino que son recibidas.
La experiencia de la gratuidad que permite la actitud contemplativa, nace en quien acompaña desde lo psico-histórico-espiritual, de la conciencia de descubrir toda la fuerza del inconsciente: “…todo lo que había en mi inconsciente negativo y positivo, y yo no lo sabía. Así ha sido mi proceso. Yo no sabía de mi pozo, yo no sabía de mi herida, yo no sabía mi consigna, yo no sabía todo lo que había en mí…”. Es decir, contemplar con asombro y gratitud lo que ha sido el propio crecimiento personal, dispone al(a) compañero(a) a asumir esta actitud contemplativa-admirativa ante la otra persona, siempre a la expectativa de todo lo que puede brotar desde dentro de ella misma. Y es esto lo que catapulta a la experiencia de la gratuidad.
El compañero, la compañera psico-histórico-espiritual sabe ser expectante, sabe hacer presencia serena ante el ritmo del proceso de la persona que está acompañando. No es ansioso(a), no se precipita, no presiona los ciclos, sabe esperar, sabe ser activamente pasivo(a).
Y esto le es posible porque ha experimentado en sí mismo(a) la gratuidad de quebrarse, de darse, por la persona que acompaña sin esperar respuesta, y por tanto, acoge la reacción de quien es acompañado(a) como don que supone lo inusitado porque no sabe cómo va a responder, apareciendo siempre cosas inéditas. Es la actitud contemplativa que permite el asombro ante el fruto de lo sembrado “al aire”, pues éste siempre será sorpresa, rompiendo el esquema causa/efecto, donde quien acompaña sea la causa.
Esta actitud contemplativa se nutre de reconocer en el dolor de la otra persona a Cristo sufriendo en la humanidad de hoy. Siente- pero como regalo-, no sólo sabe que Jesús está realmente en quien sufre, y lo sabe reconocer y contemplar también –eso es lo específico- en la persona que está acompañando.