viernes, 21 de enero de 2011

PARA CREAR COMUNIDADES SALUDABLES

PARA CREAR COMUNIDADES SALUDABLES

Mis queridos Acompañantes, durante este tiempo veremos el trabajo que debemos realizar con nuestros formando en uno de los aspectos importantes del formando y/o frailes: su desarrollo humano y personal: su “acompañamiento integral”, que abarca también su acompañamiento “espiritual” para una buena convivencia en nuestras Casas de Formación, Conventos, Parroquias y en los lugares en donde estemos desempeñando nuestra función o seamos asignados.

Tenemos una experiencia rica de todo lo que hemos vivido a lo largo de nuestra vida religiosa, que pueden ser muchos o pocos años, que nos sirven para ayudar a nuestros formandos. Es verdad que, hay que prepararse para acompañar, nadie porque quiere puede serlo, tiene que tener carisma y amor a lo que hace, amor a los hermanos, a la comunidad, congregación, provincia, vicariato en general al carisma de la Orden. Hay que prepararse y medir nuestras posibilidades, siendo humildes y sencillos para este servicio.

Hay muchas herramientas que tenemos entre manos para hacer mejor nuestro trabajo de Acompañantes. Podemos profundizarlos, podemos basarnos en las múltiples formas que tiene la sicología, pero la que se conecta con nosotros es una “sicología positiva”, que genera “salud” y “relación” entre quienes conviven en una comunidad.

Una psicología positiva, tal como se dice, está relacionada con el “estudio de las capacidades, fortalezas y virtudes que puedan hacer tanto de los que la integran como de la comunidad, a desenvolverse mejor”. Se centran sobre todo en eventos con “emociones positivas, fortalezas, basadas en el carácter y una saludable actitud para las instituciones”.

Esto quiere decir que es posible ser más “feliz”, sentirse más “satisfecho”, sentirse más comprometido con la “vida”, encontrar más “significados”, tener la “esperanza más elevada”, y aún, probablemente reír y sonreír más a pesar de cualquier circunstancia por la que estemos atravesando. Estas intervenciones utilizadas en una sicología positiva pueden disminuir constantemente los síntomas de la “depresión”.

Esta sicología positiva puede estar delineada dentro de tres áreas:

1. Una experiencia del “placer de la vida o “el regocijo de la vida”, esto examina cómo la gente con mucho optimismo experimenta, anuncia y saborea sentimientos positivos y emociones que son parte de una vida normal etc.

2. Celebrar la Buena Vida o “la vida de Compromiso”, esto investiga los efectos beneficiosos de inmersión, de fascinación haciendo que los individuos sientan con más fluidez un compromiso más optimo con las primeras labores o actividades (pueden ser las primeras asignaciones). Estos estados se experimentan cuando hay un encuentro positivo entre la fortaleza de la persona y la labor que esté haciendo. Como por ejemplo: cuando ellos se sienten seguros de llevar a cabo y enfrentar el trabajo propuesto o asignado.

3. Integrarse a una vida con Sentido o a “una vida de afiliación”, esto cuestiona cómo los individuos derivan de un sentido positivo de “estar bien”, de “pertenencia”, de “sentido”, y con el propósito de “pertenecer y contribuir” desde sus experiencias a algo más extenso y más permanente que ellos mismos se hayan trazado. Como por ejemplo: a la naturaleza, a grupos sociales, a organizaciones, movimientos, sistemas tradicionales de creencias.
La aplicación práctica, especialmente en nuestro “acompañamiento”, ayudará a los hermanos o miembros de la comunidad a identificar sus capacidades y utilizarlos para incrementar y sostener sus respectivos niveles de “estar bien” e “incrementar” a corto o largo plazo los recursos expuestos, como una sicología “resistente y próspera”.

La sicología positiva identifica 6 virtudes principales dentro de los cuales se recopilaron 24 caracteres fuertes, como los que siguen:

1) Sabiduría e inteligencia- creatividad, mentalidad abierta, amor de aprendizaje, perspectiva.
2) Coraje- braveza, persistencia, integridad, vitalidad.
3) Humanidad- amor, benevolencia, inteligencia social.
4) Justicia- ciudadanía, equidad, iniciativa.
5) Templanza- perdón y misericordia, humildad y modestia, prudencia, control de sí mismo.
6) Trascendencia- apreciación de la belleza y excelencia, gratitud, esperanza, humor espiritual.
Yendo más allá, podemos ver que la psicología positiva cubre gran parte de la experiencia humana, que por cierto es una consulta sobre estas tres esferas que cubren y contribuyen mucho para una relación saludable. Como Acompañantes, es muy “crucial” el tener que relacionarlos en caminos saludables. Está en nuestra manera de relación, de la manera como hablamos a nuestros formandos, de cómo seguir a Jesús en la vocación que estamos abrazando. Como Acompañantes, necesitamos de algunas otras técnicas como: técnicas administrativas, técnicas para aconsejar, acompañamiento y acompañamiento espiritual, más no dirección espiritual. Esto va a ayudar mucho en este camino para con nuestros formandos. De cualquier manera, si aún somos buenos con estas técnicas, tal como se menciona, somos muy problemáticos en nuestras relaciones, en nuestras técnicas de relación que enormemente afectan a nuestro acompañamiento en la formación y en nuestro “ser” de “encargados” de “transformar”. Muchas veces encontramos y tenemos nosotros mismos, problemas con nuestros formandos, como en nuestros postulantes y novicios y aún entre nosotros los adultos que llevamos muchos tiempo en la vida religiosa y siendo aún superiores, provinciales e incluso acompañantes. Muchas veces olvidamos cómo tratarlos sabiendo que tienen la misma “dignidad” que nosotros. Los consideramos sujetos que parecen estar en un “estatus inferior” que el nuestro. Debemos recordar que son seres creados a imagen y semejanza de Dios que “sienten” como nosotros, que “anhelan” como nosotros anhelamos, que nos acerca al seguimiento de Jesús. Sólo que nosotros estamos más adelantados que ellos. Pero son personas; somos de la misma “dignidad”, la misma santidad e integridad.
Creo que como Acompañantes, nuestro llamado está, en “tocar” la vida de nuestros formandos en formas muy significativas. También está en nuestra tarea, el “fomentar” una amistad saludable entre nuestros formandos. No obstante, nuestra experiencia nos dice que estas vidas muy prematuras, están de algún modo perdidas, ya que sus problemas se relacionan con sus propios Acompañantes. Esto es, mejor dicho, triste si los Acompañantes son las causas de los problemas de los formandos. Necesitamos una llamada de atención para estar más conscientes e incluso de la necesidad de crecer y desarrollarnos como Acompañantes, para que de esa manera podamos ser “iluminación”, tal como lo presentamos: para “ampararlos” y “orar” por ellos.
Estas relaciones saludables en la comunidad ayudan a incrementar la “autoestima”, a mejorar la “salud mental” y “emocional”, de tal modo que esto permitirá que el gente joven, a quienes estamos guiando, dirigiendo: crean en sus capacidades y dotes para que al final de la formación inicial sean capaces de hacer un juicio y decisiones maduras de toda una vida de compromisos llena de esperanza hasta después de su formación inicial. Incluso ellos serán capaces de llegar a ser buenos Ministros y constructores de comunidades saludables y aún más para ellos, para vivir a plenitud y tener una vida significativa en las decisiones que tengan que hacer dentro de la vocación que ellos han optado.
Algunas preguntas importantes que pueden ser consideradas en nuestras relaciones las cuales son las aspiraciones de los jóvenes a quienes acompañamos:

1. ¿Cuán sensible eres a las necesidades, al estado de ánimo, a los deseos de quienes están cerca a ti? ¿Cómo lo saben?
2. ¿Cómo sientes tu cuerpo hoy? ¿Cuánto lo cuidas? ¿Qué te gustaría cambiar?
3. ¿Cuán firme eres a los compromisos? ¿Eres capaz de confiar en los demás? ¿Eres confiable?
4. ¿Qué necesidades hacen falta para promover enormemente el crecimiento hacia una totalidad en relación a tu vida? ¿Qué esperas para el futuro?
Relaciones:

1. ¿Puedes nombrar uno o más de tus amigos más cercanos, quienes mutuamente estén presentes? ¿Con quiénes puedes llorar? ¿Con quienes puedes confiar tus sentimientos más profundos?

2. Al dar una mirada hacia tu amistad adulta, qué ves en términos de una relación permanente, de fidelidad, de manejar conflictos, de control, de crítica, de celos. ¿Existe una mutua satisfacción en cuanto a la amistad?

3. ¿Hay algo que necesites decir a alguien quien es importante para ti y que no has sido capaz o por miedo a decírselo?

4. ¿Cuán efectivas son tus habilidades de comunicación? ¿Cuán efectivas son tus habilidades para saber, nombrar, y expresar tus sentimientos apropiadamente?
CONSTRUYENDO RELACIONES SALUDABLES

La relación entre Jesús y Dios el Padre, es un excelente modelo para construir amistades saludables dentro de nuestras comunidades. En el bautismo de Jesús, Dios se toma el tiempo para confirmar a su Hijo como persona, como un miembro de la familia eterna. Tal como Jesús salió del agua hubo una traducción conspicua de los cielos y del Espíritu Santo que descendió sobre él en forma de una paloma. El Evangelio de Marcos, nos dice que una voz se escuchó del cielo: “Tú eres mi Hijo, a Quien amo, en Quien me complazco” (Marcos 1:11) Básicamente, Dios está diciendo: “te aclamo”; “te amo”; “estoy orgulloso de ti”. El ser miembro de una familia, de sentirse amado, de sentirse elogiado, son componentes indispensables para una saludable amistad.

La necesidad de “pertenencia” es básica en cada uno de nosotros. Nos da un sentido de “identidad”. Sabemos quiénes somos y nadie es capaz de quitarnos esa identidad. Si esa necesidad no es conocida, seremos almas que vagan y sin dueño. Frecuentemente la raíz de una emoción alterada es la alienación, el cual se le castra a la deriva de la identidad humana y de no pertenencia a nadie.

Cuando Dios dice: “Tú eres mi Hijo” la identidad de la familia de Jesús está confirmada. Cada uno de nosotros necesita un sentido de familia. Nosotros sabemos quiénes somos por los nombres de familia. Esto no siempre será una “experiencia positiva”. Hace pocos años en el National Prayer Breakfast llevada acabo en Washington, DC, un congresista de una tribu dijo: como en cualquier lugar que mi hija vaya, ha sido constantemente asociada conmigo. La gente dirá: “Oh, tú debes ser hija de un congresista”. Ella sosegadamente explica a sus padres que quisiera ser ella misma y no alguien conocida por ser hija de uno conocido. Su padre le dijo que no se preocupe de eso. Su madre, por otro lado, quien fue más comprensiva le dijo: “la próxima vez que suceda, ponte de pie y diles: ¡soy Constance Tribble! Unos pocos días después, un grupo de personas la conocieron y cuando oyeron su nombre, dijeron: “¡Cómo, el congresista Tribble debe ser su padre!”. La pequeña niña los miró y les dijo: “¡Oh no! Eso no es lo que dice mi madre”.

Dios da a Jesús la “seguridad”, la “confianza”, la “garantía”: “Tú eres mi Hijo…te solicito. Tú me perteneces. “Esto revela que Jesús no es solamente el Hijo natural de Dios, pero Él es además el escogido Hijo de Dios. Entenderás lo doloroso que puede ser el no ser el hijo o hija elegido, el preferido de tus padres. Entenderás el dolor punzante del abandono como un huérfano. Sentirías la angustia del rechazo aún cuando continúes siendo un miembro de tu familia.
Cuando Dios proclama a Jesús como su Hijo a través de la elección como también por naturaleza, Él asienta el estado de nuestra “adopción” dentro de la familia de Dios. Por naturaleza, no somos los hijos e hijas de Dios. El pecado entonces nos separa de Dios nos hace ser indignos huérfanos. Pero, a través de la afirmación de Dios para con nosotros es través de la fe en Jesucristo que pertenecemos a Él: “Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios” (Juan 1:12). Somos aquellos a Quien en realidad pertenecemos.

El “pertenecer” nos da un sentido de “identidad”, pero necesitamos “ser amados para nuestra seguridad”. Imagínense la fuerza de la seguridad que Jesús sintió al oír esas palabras: “Tú eres mi Hijo a quien amo”.

La tragedia acecha en cualquier relación a donde pertenezcamos si no hay “amor”. Dale Galloway nos dice de un esposo y una esposa en una entrevista con un niño que ellos desearían adoptar. En términos ardorosos ellos describen las muchas cosas que pueden darle a este niño. Para su asombro el pequeño niño les dijo: “Si ustedes no tiene nada que ofrecer excepto un buen hogar, ropa, juguetes y todas las demás cosas que los chicos puedan tener, preferiría quedarme en este lugar”. De todo lo que hay sobre la tierra, que cosa más desearías, le preguntó la mujer. El niño respondió: “Quiero a alguien que me ame”.

El amor es testificado seriamente en las relaciones humanas. Un hijo o una hija escogerían ser rebeldes y abandonar a sus padres. Una hija o un hijo podrían hacer elecciones para inducir al desastre. Un padre rehusaría el amor y la aceptación de un niño. Un cónyuge atacaría con palabras que herirían el alma.

En las relaciones familiares hay una inmensa necesidad por un invariable e incondicional amor que se resista. Un esposo joven se paró alrededor de la cama del hospital donde se encontraba su esposa y escuchaban al doctor decir cómo, habría que remover el tumor; él tuvo que remover un nervio facial severo que controlaba los músculos de su boca. Ella le preguntó al doctor, “¿Siempre será mi boca de esta manera? El doctor le respondió, sí. El esposo miró a su mujer, le sonrió y le dijo que él encontraba su boca “dulcemente atractiva”. Luego él se inclinó sobre ella y la besó, serpenteando sus labios hasta encontrar el de ella.

Otro componente de una relación saludable es ensalzar o afirmar. Ensalzar o afirmar pone de manifiesto un sentido de confianza en nuestras vidas. Jesús oyó aquellas palabras: “Tú eres mi Hijo, a quien amo; contigo me complazco”. La Escritura refuerza la idea de ensalzar. Un ejemplo es cuando el Apóstol Pablo nos previene: “No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen” (Efesios 4:29).

Frecuentemente somos rápidos en “criticar”, pero lentos para “ensalzar”. Esto es particularmente cierto con aquellos que están lo más cerca a nosotros. Los padres tendrán la tendencia de transferir sus sueños inalcanzables a sus hijos como aspiraciones poco realistas. Para agravar el error, nosotros además fracasamos en ensalzarlos en sus propias aspiraciones o los criticamos por no estar a la altura de nuestras aspiraciones.

Cuando Dios le dice a su Hijo: “Estoy orgulloso de ti”, Él aprueba su carácter, honra sus aspiraciones, y lo alienta para el futuro. Las personas crecen y se desarrollan velozmente en la dirección del ensalzamiento que en el camino de nuestros comentarios vayan llenos de opiniones constructivas.

Tres componentes indispensables de una relación saludable: un “sentido de identidad”, un “sentido de seguridad” y un “sentido de confianza”. Nuestro reto es trabajar para poner en práctica estos componentes en relación con los otros. Afirmándoles según lo que les digamos y muéstrales que tú puedes “ensalzarlos”, “amarlos”, y estar “orgullosos” de ellos.

El Voto del “Celibato” o de “Castidad” es un valor positivo el cual nos permite cultivar relaciones saludables y significativas. Es un valor para el compromiso y para el bien de los otros.
Todos estamos llamados a una relación personal de amor para con Dios en Jesucristo y estamos llamados a expresar esta relación a través de un estilo de vida específico. Como sacerdotes, religiosos hombres y mujeres, hicimos profesión pública del voto de Castidad o Celibato. A la luz de una psicología positiva, podemos observar que la profesión de este voto no es principalmente una renuncia al matrimonio (o el que fuere, no estoy o no estoy permitido hacerlo). Por el contrario, este voto es un “compromiso” para “crecer”, “amar” y “servir”.

Este voto cubre totalmente tres relaciones:

1. La relación de un especial compañerismo en la fe con Dios. Nos trae a nosotros una aparente evidencia de renunciamiento. Me llamó a estar dispuesto, a estar “libre” para Dios. Entonces eso se volverá posible para mí y tener “la experiencia a solas” “con” y “en” Dios…la soledad. Esto es el por qué yo escojo para soltarme de un aspecto bueno de la vida de un Cristiano (como por ejemplo: una relación marital) para permitirme estar más enteramente comprometido con Dios. La oración como una relación con Dios es el elemento crucial el cual me permite a permanecer en la experiencia de la soledad y no escapar de ello…para convertir mi experiencia de soledad y sin nadie, a una experiencia de soledad “en” y “con” Dios. Este estilo de vida escogido me invita a desarrollar y a perseguir caminos de amor pero un camino de amor no genitalizado. Como muchos solemos verlo desde esa perspectiva.
2. La relación de compartir la vida y la fe con los miembros en una comunidad de fe religiosa. No puedo vivir mi celibato a solas. El cuidado se toma para que no me caiga en la trampa de esperar que la comunidad fuera la esposa la que no tengo. El apoyo de comunidad viene de la experiencia de fe que se comparte en la comunidad - los momentos de compartir el uno con el otro, nuestros momentos con Dios, nuestras luchas, nuestras alegrías, nuestras tentativas para poder ser fieles. El vivir en comunidad estamos respondiendo a la exhortación de Cristo, el lavarnos los pies el uno al otro (este símbolo nos narra de acuerdo a la Escritura en donde nuestro Señor Jesús lava los pies de sus discípulos).

3. La relación con otros en el ejercicio de la creatividad y la responsabilidad del ministerio. Un célibe da la expresión de una energía psíquica sexual, de alguien quien se desvive por el apostolado. El empuje básico de convivir juntos es como una comunidad apostólicamente activa hacia lo externo. La comunidad religiosa es para el servicio más que un fin para sí mismo. “El celo” debe estar en el Acompañante, para generar dedicación, amor, tiempo adecuado y observado para desarrollar al grupo y entrega única y exclusivamente por salvaguardar la formación en todos sus aspectos.
El voto de celibato, de castidad no es una disciplina, una ley o una renunciación. Es “acerca de un amor apasionado”. Esto tiene más por “hacer” o “decir”, que somos personas “apasionadas” que en lugar de sacrificar nuestra sexualidad. El aspecto esencial es que el amor individiso de Dios, el cual siempre dijimos que era lo más importante, nos conduce a un entendimiento más profundo de lo que significa amar a los demás. Esto es, amar a los demás sin necesidad de que ese amor retorne a nosotros, sin limitar el amor a nuestra comunidad, a nuestra familia, a nuestros amigos e incluso a las personas que piensan distinto a nosotros. Este nos mueve para un amor que abarque todo y que no sea restrictivo. Nos abre, si estamos seguros de nosotros mismos, a una verdadera pasión por la vida.

Lo que es problemático en la vida religiosa comunitaria está engendrado por la falta de un amor verdadero. Amor en el grupo local en el que se vive, o en comunidades externas y si no existe el amor entre comunidades y relaciones saludables, solo estarían para generar divisiones, como podrían ser los mismos: superiores, priores, provinciales y otro hermano de comunidad, es más que entre “tibio y caliente” más que ser civilizado el uno al otro e inmensamente ser más tolerante el uno al otro. El amor es la base primordial en la comunidad.

Si nos amamos, daremos el “soporte necesario en momentos de prueba y dificultad”, “valentía” cuando procuramos un nuevo cambio y una llamada de responsabilidad cuando vemos que perdemos de vista el camino, la meta o el objetivo por la cual estamos optando en la vida. Amor significa “cuidado”, “afecto”, “compasión”, “actitud servicial”, “el cuidado de los necesitados”, “de los enfermos”; “siendo sencillo”, “estar dispuesto a recorrer más, dando energía y tiempo”. Jesús nos dio la medida del amor cuando dijo: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. Esta podría ser real y manifestada en nuestra manera de acompañar a los formandos. El amor sería amor y no solo una palabra inerte. Cuánto “amor” le ponemos al tema de “Justicia y Paz en la formación”.

La realidad del amor es expresada en nuestra “bondad”, “compasión”, “entendimiento” y el “apoyo” a los demás para que se sientan inspirados y sostenidos en sus deseos de seguir a Jesús. Los aceptamos tal y como son y, tal como son les enseñamos los valores de una buena vida comunitaria. No los aceptamos donde estuviéramos porque la brecha es ancha. La edad puede hacer la diferencia. No les podemos insistir a que ellos aprendan de acuerdo a como nosotros fuimos enseñados, como nosotros fuimos formados porque la orientación de ellos se encuentra en este siglo que están viviendo y no podemos cerrar los ojos. Lo que tenemos que hacer es “enriquecerlos”, “mostrarles” las posibilidades y “dejarlos que entiendan”, por qué nosotros tenemos que aprender ciertas prácticas y costumbres de la congregación. Tenemos que “enseñarles a ser humanos”, a “desarrollar sus personalidades”. No les enseñemos a convertirse inmediatamente en franciscanos, carmelitas o dominicos. ¡NO!, “enseñémosles a ser buenas personas”, a “ser buenos cristianos” para luego “ser un buen, saludable, positivo y consciente dominico, quien busca la verdad y quiere vivir la verdad”. El reto es para ti y para mí. Todo esto está en las manos de Dios tanto como en las manos de nuestros Acompañantes para aquellos quienes serán guías y Acompañantes en el futuro. “Vayamos formándolos en el amor por la comunidad, en el amor al servicio para Acompañar”.

Que desde ya vayamos preparándolos, viendo en qué se desenvuelven, tanto desde la formación inicial, el noviciado y en el estudiantado para no tener problemas en qué se van a desempeñar en el futuro. Este es un punto primordial en la formación para crear desde ya una comunidad de relación saludable y para cuando terminen los estudios y sean asignados, ya sepan y sepamos a dónde se encamina cada formando. Este es un punto de declive en los planes de formación, los acompañamos sin saber a dónde aspira cada formando o cada hermano de comunidad. Desde la formación inicial, postulantado, en el noviciado y a puertas del estudiantado ya se deben ir perfilando en el servicio que prestarán a la Orden o a la Provincia. Desde allí se comienza a crear relaciones y comunidades saludables.