domingo, 16 de enero de 2011

CONDICIONES DEL PREDICADOR: LA ESCUCHA Y LA COMPASIÓN

CONDICIONES DEL PREDICADOR: LA ESCUCHA Y LA COMPASIÓN


¿Cuáles son las condiciones de un buen predicador? Y ¿Qué debemos predicar?
Para predicar, más importante que la boca, son las “orejas” y el “corazón”. Predicar no es posible, además, sin compasión y empatía. Si recordamos la famosa leyenda de la conversación durante una noche de Santo Domingo con el hospedero, su actitud no fue hablar, sino escuchar en forma “compasiva”. Es importante rescatar los valores comunes desde la diversidad.
Lo que tenemos que predicar primero que nada, es la gracia de Dios, el amor de Dios, la dignidad de una persona única, la libertad de todas formas de esclavitud y la compasión de Dios.

No hay que confundir entre COMPASIÓN y LÁSTIMA

La compasión de Jesús estaba profundamente marcada por las miserias, los dolores y las carencias del ser humano, nos parece totalmente lógica porque sabemos de su inmenso amor hacia nosotros.
Entre compasión y lástima hay todo un abismo de sentimientos y de actitudes, es mucho más fácil el sentir lástima que compasión, porque cuando sentimos compasión, podemos ponernos en los zapatos de la otra persona y experimentar lo que siente, podemos empatizar (meterse en el pellejo de, ponerse en el caso de, sentir empatía, sentir empatía por) con ellos, comprenderlos y por lo mismo, estos sentimientos nos llevan a la acción, al deseo de hacer algo por aliviar ese dolor. La compasión nace de nuestro espíritu y nos motiva a dar lo mejor de nosotros para aliviar al que sufre.
En cambio la lástima, es simplemente una emoción momentánea, nace y muere mientras dura el impacto de la emoción, es pasiva, no busca soluciones y en forma inconsciente descalifica y rebaja a quien provoca la lástima, lo hace sentir inferior y el ser humano lo percibe, es conocida la frase “no quiero que me tangan lástima”.
La compasión de Jesús y la que deberíamos tener nosotros es esa preocupación por comprender y por ayudar a solucionar los problemas de los otros como un verdadero gesto de fraternidad empatía y de amor, porque sin duda que “conocer a nuestros hermanos, en desgracia, entender sus problemas y aprender a amarlos es una de las experiencias supremas de la vida”.
Jesús introduce en medio de esta sociedad una alternativa que lo transforma todo: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lucas 6, 30). Es la compasión de Dios y no la santidad el principio o el “ethos” (ética…proviene del griego ethos, que significa análogamente “modo de ser” o “carácter” en cuanto forma de vida también adquirida o conquistada por el hombre. Así originariamente ethos y mos, “carácter” y “costumbre”, hacen hincapié en un modo de conducta que no responde a una disposición natural, sino que es adquirido o conquistado por hábito) que ha de inspirar la actuación humana. Jesús no niega la santidad de Dios, pero lo que cualifica esa santidad no es la separación de lo impuro, el rechazo de lo santo. Dios es santo y grande no porque rechaza y excluye a los paganos, pecadores o impuros, sino porque ama sin excluir a nadie de su compasión. Por eso, la compasión no es, para Jesús, una virtud más, sino la única manera de ser como Dios. El único modo de mirar el mundo, de sentir a las personas y de reaccionar ante el ser humano de manera sana, como Dios.
Esta compasión no es un mero sentimiento sino un principio de acción que desafía los esquemas de actuación convencionales. Consiste en interiorizar y hacer nuestro el sufrimiento del otro para reaccionar y hacer por él todo lo que podamos. Jesús lo sugirió de manera provocativa en la parábola del buen samaritano (Lucas 10, 30 -36). Jesús habla de un hombre asaltado y abandonado medio muerto en el borde de la acera, de un camino solitario. Afortunadamente, por el camino aparecen dos viajeros: un sacerdote y un levita. Vienen del templo, después de realizar su servicio cultual. El herido los ve llegar esperanzado: son de su propio pueblo; representan al Dios del Templo; sin duda, tendrán compasión. No es así. Los dos dieron un rodeo y pasaron de largo. Por el camino aparece un tercero.
No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece al pueblo elegido. Es un odiado samaritano, miembro de un pueblo enemigo. El herido lo ve llegar atemorizado. Se puede esperar lo peor. Sin embargo, el samaritano “tuvo compasión”, se acercó al herido e hizo por él todo lo que pudo hasta salvarlo (Jesús utiliza el mismo término para describir la acogida del padre del hijo prodigo y la actuación del samaritano “se conmovió”). La parábola rompía todos los esquemas y clasificaciones entre amigos y enemigos, entre pueblo elegido y gentes extrañas e impuras ¿Será verdad que la compasión nos puede llegar, no del Templo ni de los canales religiosos oficiales, sino de un enemigo proverbial? Jesús miraba la vida desde el borde de la acera, de la zanja, con los ojos de las víctimas necesitadas de ayuda. No había duda. Para Jesús, la mejor metáfora de Dios era la compasión con los heridos. Y la única manera de ser como Dios y actuar de manera humana era actuar como aquel samaritano. La parábola de Jesús introducía un vuelco total. Los representantes del Templo pasan de largo junto al herido. El odiado enemigo es el salvador. Con la compasión caen las barreras. Hasta un enemigo tradicional, renegado por todos, puede ser canal de la compasión de Dios. ¿Habrá que olvidar prejuicios y enemistades seculares, los odios y sectarismos? ¿Habrá que reordenado todo desde la compasión?
Una última parábola en la que no es fácil llegar hasta el relato original de Jesús, nos permite captar la revolución que introduce en la historia (Mateo 25, 31 - 6. Se la llama tradicionalmente la parábola del «juicio final» o «las ovejas y cabras separadas por el pastor).
La parábola es en realidad una descripción grandiosa del juicio de todas las naciones (ante el rey y pastor comparece «la asamblea de las naciones»). Allí están gentes de todas las razas y pueblos, de todas las culturas y religiones, generaciones de todos los tiempos. Se va a escuchar el veredicto final que lo esclarecerá todo. Dos grupos van emergiendo de aquella muchedumbre. Unos son llamados a recibir la bendición de Dios para heredar su reino; a otros se les invita a apartarse. Cada grupo se dirige hacia el lugar que ellos mismos han escogido. Unos han reaccionado con compasión ante los necesitados; otros han vivido indiferentes a su sufrimiento. Lo va a decidir su suerte no es religión ni su piedad. No han actuado por motivos religiosos. Sencillamente, unos han vivido movidos por la compasión, otros no.
En la parábola se habla de seis situaciones de necesidades básicas. No son casos irreales, sino situaciones que se conocen en todos los pueblos de todos los tiempos. En todas partes hay hambrientos y sedientos; hay inmigrantes y desnudos; enfermos y encarcelados. No se habla de grandes como “justicia” o “solidaridad”, sino de comida, de ropa, de algo de beber, de un techo para resguardarse. No se habla tampoco de “amor” sino de cosas tan concretas como “dar”, “acoger”, “visitar”, “acudir”. Lo decisivo no es la teoría, sino la compasión que lleva a ayudar al otro cuando está necesitado. El verdadero progreso, la salvación de la humanidad está en atender a los desgraciados del mundo. Su perdición, por el contrario, en la indiferencia ante el sufrimiento. El mensaje proclamado y vivido por Jesús hasta el final fue este: “Sed compasivos como vuestro Padre del cielo”.

La compasión como principio de actuación:

Jesús no habla nunca de un Dios “indiferente” o lejano, descomprometido de la vida de los humanos o interesado sólo por su honor, su gloria o sus derechos. En el centro de su experiencia no encontramos la imagen de un Dios “legislador” intentando gobernar el mundo por medio de leyes, al tiempo que amenaza a sus criaturas con castigos terribles o trata de seducirlas con premios maravillosos. Tampoco experimenta a Dios como un ser “justiciero” irritado o airado ante nuestros pecados.
Para Jesús, Dios es compasión; “entrañas”, dirá él, “rahamim” (regazo materno). Es su imagen preferida (el término sugiere diversos matices: “dar vida”, “alimentar”, “cuidar”). La compasión es el modo de ser de Dios, su primera reacción ante sus hijos e hijas, su principio de actuación (obrar). Dios siente hacia sus criaturas lo que una madre siente hacia el hijo que lleva en su vientre. Dios nos lleva en sus entrañas. Las parábolas más bellas y conmovedoras que salieron de labios de Jesús y sin duda las que más trabajó en su corazón fueron las que narró para hacer intuir a todos la increíble misericordia de Dios (empleo indistintamente los términos de “misericordia” o “compasión”. En general, prefiero hablar de “compasión” pues sugiere mayor cercanía. “Tener misericordia” puede hacer pensar en una relación que establece con quien está más abajo). Esta experiencia de un Dios compasivo fue el punto de partida de toda la actuación revolucionaria de Jesús y le condujo a introducir en la historia de un nuevo principio de actuación: la compasión.

Compasión

La compasión es parte de vuestra misión, que perpetúa el carisma de Domingo “para con los pecadores, los pobres y los afligidos, llevándolos en el sagrario íntimo de su compasión” (LCM 35 § I). El Dios de Domingo es un Dios de misericordia. Compasión significa ir liberándose de esa dureza de corazón que se manifiesta en el juicio sobre los otros, despojarse de la armadura que mantiene a los demás a raya, aprender la vulnerabilidad ante el dolor y desorientación del otro, escuchar su grito de ayuda. Esto lo aprendemos ante todo en nuestras comunidades. ¿Nos atrevemos a conmovernos por el sufrimiento de la hermana que está a nuestro lado? ¿Osamos arriesgarnos a oír sus peticiones de ayuda a medio expresar? Si no, ¿cómo podemos encarnar la compasión de Domingo por el mundo?
Compasión es más que un sentimiento, es abrir los ojos para ver a Cristo entre nosotros todavía sufriente, como Las Casas vio a Cristo crucificado en los indios de La Española. Es una educación del corazón y de los ojos lo que nos hace estar atentos al Señor que está con nosotros en los agobiados y heridos. La compasión es, así, verdaderamente contemplativa, clarividencia. Como dice Borgman, “Conmoverse e impresionarse ante lo que sucede a la gente y lo que esto significa para ellos es un modo de percibir la presencia de Dios. Compasión es contemplación en el sentido dominicano” Compasión contemplativa es aprender a mirar a los otros desinteresadamente. De este modo está profundamente unida con la pasión por un mundo justo. El compromiso de la Orden con la justicia se queda fácilmente en ideológico si no nace de la compasión contemplativa. “Una sociedad que no entiende la contemplación no entenderá la justicia, porque habrá olvidado cómo mirar al otro desinteresadamente. Se refugiará en generalidades, prejuicios, clichés egoístas”.
La compasión nos lleva más allá de nuestras propias divisiones. El monasterio de Rweza en Burundi está rodeado por la guerra. Las hermanas proceden de diferentes grupos étnicos que están en lucha, y todas han perdido miembros de su familia. Cuando se las preguntó qué es lo que las mantenía unidas, dijeron que la unidad es un don de Dios que nunca podrían agradecer suficientemente. También dijeron que escuchan juntas las noticias por la radio, por más que sea doloroso. El compartir ese dolor las hace uno.
Por consiguiente, la compasión implica un conocimiento de las necesidades de la Orden y del mundo. He visto que en los monasterios florecientes hay a veces un deseo de saber de la Orden y de sus necesidades, lo mismo que Diana importunaba a Jordán pidiéndole noticias de sus misiones. “¿Para qué quieres que recemos?”. Existe una sed de entender lo que sucede en lugares de guerra, tales como Argelia o Ruanda. Por eso el monasterio necesita tener acceso a la información y a un análisis real, más bien que a noticias que simplemente entretienen, para que podáis llevar a Dios las necesidades del mundo.

Oración

La compasión se desborda en oración. Los primeros frailes siempre estaban pidiendo a las monjas que rezasen por ellos porque tenían poco tiempo. Raimundo de Peñafort se quejaba a la priora de Bolonia de que estaba tan absorbido por los trabajos de la corte papal que “a duras penas soy capaz de alcanzar o, para ser del todo honrado, incluso de ver desde lejos la tranquilidad de la contemplación… Por eso es una gran alegría y un enorme consuelo saber que me siento ayudado por vuestras oraciones”. Jordán escribe a Diana: “Reza por mí con frecuencia y con fidelidad al Señor, pues lo necesito más que nunca a causa de mis muchos defectos, pues raramente rezo”.
Esto podría dar la impresión de que los frailes y las monjas están empeñados en dos actividades totalmente diferentes, los frailes en la predicación y las monjas en la oración, lo mismo que en una casa la esposa puede hacer la comida y luego dejar al marido que friegue los platos, ¡si tiene suerte! Pero en la predicación compartimos la palabra que se nos da. Por ello orar esa palabra es parte del acto de la predicación. No precede simplemente a la predicación, como el cocinar precede al fregado de los platos. Es parte de la venida de la Palabra, y por eso las monjas están muy íntimamente envueltas en el acto de la predicación. “La misión de las monjas consiste en buscarle en el silencio, pensar en Él e invocarlo, de tal manera que la palabra que sale de la boca de Dios no vuelva a él vacía, sino que prospere en aquellos a quienes ha sido enviada” (LCM Fund. I § 2). Para Jordán son las oraciones de Diana y de su comunidad las que hacen su predicación poderosa y las que atraen una riada de vocaciones.
Para Santo Tomás de Aquino la forma más típica de oración es la intercesión y la acción de gracias. Pedimos a Dios lo que necesitamos y le agradecemos cuando se nos concede. Esto puede sugerir un modo infantil de estar en el mundo, como si fuésemos incapaces de hacer nada por nosotros mismos. En realidad, es la madurez de los que comprenden que todo es gracia. En el mundo del consumismo, donde todo tiene un precio, pedir se considera un fracaso. Pero, si vivimos en el mundo real, creado por Dios, pedir lo que necesitamos es ser auténticos, es el reconocimiento de que Dios “es el autor de todos nuestros bienes”. Más aún, es contestando a nuestras oraciones como Dios a veces actúa en el mundo. Dios quiere que pidamos, para que él pueda darlo en respuesta. La oración no es forzar a Dios para que cambie de opinión. Pertenece a la amistad que Dios nos dé lo que pedimos. Por tanto, con vuestras oraciones participáis en la acción de Dios en el mundo.


La compasión
es una pasión despertada por el dolor ajeno,
una reacción de simpatía
de un corazón salido de sí y vuelto hacia el otro,
una emoción que deriva del hecho
de sentir y sufrir con el pobre.
La compasión era el motor que impulsaba a Jesús
a dar pasos concretos y prácticos
hacia la solidaridad y misericordia.
Utilizaba su poder,
mediante intervenciones extraordinarias,
para eliminar o solucionar aquel mal que tanto le apenaba,
transformándose de esta manera
en un liberador de todo sufrimiento,
en un redentor de todo dolor.