martes, 30 de noviembre de 2010

PRÉDICA DEL LUNES 29 DE DICIEMBRE DE 2010

LA FE DEL CENTURIÓN...Y LA FUERZA DE LA PALABRA
Ayer domingo 28 1er domingo de adviento el evangelio Mt en el vv. 44 nos hablaba de estar atentos, preparados, porque el Hijo del Hombre llegará cuando menos lo esperemos. La Palabra de Dios que se hace esperanzadora en ir preparándonos a recibir, a dar posada a Jesús y que viene para alentar a las gentes, a los hijos de Dios.
El libro de Isaías en el vv. 3 nos dice “que de Jerusalén la palabra de Yahvé”…y en el evangelio se puede encontrar a un centurión pidiendo que diga algo para que su muchacho se cure.
Es esa misma Palabra que Isaías hace mención y que el centurión con profunda fe reconoce que el Hijo de Dios es la misma Palabra, porque solo bastará que Él diga algo para que todos lo reconozcan que verdaderamente es el Hijo de Dios que viene nuevamente a nuestras vidas.
En este tiempo de adviento las lecturas nos sugieren muchos detalles para ir quitando y trabajando en nuestras vidas algunas situaciones que no nos ayuden a crecer como personas y como integrantes de una comunidad.
Hay dos puntos que puedo percibir para trabajar en nosotros: el ir fortificando nuestra “fe” y la “palabra”… nuestra fe en situaciones concretas y en la que Dios actúa constantemente y que muchas veces no nos percatamos y la otra, el compromiso que tenemos cada uno de nosotros el llevar aquella palabra que Isaías y mateo nos proponen.
Catalina de Siena dice a Raimundo de Capua que debemos ser “creadores más bien que destructores o aguafiestas” somos formados como predicadores por medio de las conversaciones cotidianas que tenemos con los otros, las palabras que intercambiamos en la sala comunitaria y quizás en los pasillos de la casa o en otros lugares. Descubrimos cómo compartir una palabra de vida en nuestra predicación, al formarnos como hermanos que se ofrecen mutuamente palabras que comunican esperanza y ánimo, construyen y sanan. Si somos gente que habitualmente ofrece a los otros palabras que hieren, socavan, arruinan y destruyen, por muy inteligentes y eruditos que seamos, nunca seremos predicadores de aquella Palabra que Isaías y Mateo nos presentan.
Somos portadores de una Palabra que se nos ha dado hace muchos años, porque se encarnó. Para recibir la palabra que se nos da, tenemos que aprender el arte del silencio. En el estudio y la oración aprendemos a ser tranquilos, atentos, observadores para poder recibir del Señor lo que vamos a compartir. En el silencio se acrecienta nuestra fe y la palabra. Si nos preparamos para predicar al mundo, en el silencio de la contemplación recibimos los dones.
Recuerdo que siempre los formadores en el convento de san Alberto nos decían: “tienen que estar clavados a la silla, no para adquirir un conocimiento magistral, sino para poder estar listos y atentos a lo que Dios nos quiere transmitir a través del estudio y el silencio.
Ese pedido que hizo el centurión a Jesús, la hagamos también nosotros para que vuelva a encarnarse en nuestras vidas, en nuestro ser aquella Palabra, el Verbo de Dios para ser portadores de palabras que estén llenas de “fuerza” para que transformen y palabras que “liberen”, es la fuerza de la Palabra la que obra en nosotros en el instante, fuerza que libera y moviliza energías insospechadas, haciéndonos instrumentos eficaces de reconciliación.
Signos eficaces existen y se dan para que nuestras comunidades crezcan en la fe y en la palabra…hagamos que la salvación también llegue a nuestra comunidad. En estos días de espera y de esperanza que salgan de nosotros palabras de perdón, de amistad, de aliento y de saber enmendar cuando hayamos ofendido a alguien con nuestras palabras y nuestros actos.
Tengamos la fe del centurión que pidió a Jesús que dijera una palabra para sanar al muchacho.