sábado, 16 de octubre de 2010

DISPOSICIONES DEL SUPERIOR - FORMADOR II Parte

MADUREZ
El grado de madurez del adulto guarda generalmente relación con su experiencia, la cual una cierta edad cronológica. Un religioso demasiado joven no estaría probablemente indicado para ejercer con eficacia las tareas de Superior. Aquí las cosas son algo así como la naturaleza. Un fruto cuya maduración se ha forzado con medios artificiales no tiene el mismo sabor que otro que ha ido madurando según el proceso natural. Un joven puede ser muy inteligente y también muy virtuoso. Pero le falta, ciertamente, la prudencia que solamente da la experiencia de la vida. Incluso no cabe duda de que una cierta edad – pongamos treinta, cuarenta, sesenta años – no es un argumento suficiente para asegurar el éxito del Superior – Formador. De todas formas, parece que está fuera de duda que la edad de un candidato a un puesto de responsabilidad en la vida religiosa es uno de los temas importantes que hay que tener en cuenta. Desde el punto de vista psicológico quizá sería una medida de prudencia y de sabiduría no darle a una persona un cargo de gran responsabilidad sobre otras personas antes de cumplir los treinta o los treinta y cinco años. Hay realmente jóvenes de treinta años suficientemente maduros para asumir esa responsabilidad.
El proceso de maduración del religioso se desarrolla generalmente un poco más lentamente que en el laico. Este a los veinticinco años está muchas veces casado y lleva a sus espaldas la responsabilidad de una pequeña familia. El período más largo de formación obliga al religioso a portarse casi como un joven estudiante hasta los veinticinco años o más. En realidad, le falta una experiencia suficiente de la vida. Sería imprudente confiarle un cargo de responsabilidad en la formación de otros religiosos.
En el Formador se requiere una cierta madurez sobre todo en tres dimensiones de la personalidad: afectividad, cultura y vida espiritual. Se trata de tres aspectos de la personalidad de particular importancia para el ejercicio de la función de Superior – Formador. Madurez significa equilibrio de adulto. Esto supone el desarrollo de varias capacidades humanas y su perfecta integración en el conjunto de la personalidad.
Sabemos que el hombre alcanza normalmente su madurez intelectual hacia los quince años. Este máximo de inteligencia se mantiene más o menos constante hasta alrededor de los cincuenta años. Luego empieza lentamente a decaer la perspicacia intelectual. De todas formas hay muchas y brillantes excepciones; todos conocemos ancianos con una maravillosa clarividencia intelectual. Pero no hemos de confundir inteligencia con cultura. La primera es una capacidad de comprensión unida a la capacidad de integrar los elementos descubiertos y adquiridos por la inteligencia a través de la experiencia concreta de la vida.
La cultura crece en la medida en que el sujeto adquiere nuevas informaciones y realiza descubrimientos a través de sus experiencias. La edad límite para hacer crecer la cultura guarda relación directa con la posibilidad de comprensión intelectual. Si hay personas con ochenta o noventa años que siguen culturalmente en plena forma, hay otras que con sesenta y cinco años han agotado ya prácticamente la capacidad de responsabilidad personal. La mayor parte de los religiosos de treinta o treinta y cinco años poseen ya una buena cultura. Algunos de ellos seguramente pueden asumir la responsabilidad de ayudar a otros a través de su cargo de Superior-Formador, bien en una Casa de formación o bien en una comunidad religiosa.
La madurez afectiva supone la capacidad de resolver con cierta facilidad los problemas personales de naturaleza afectiva. El estudio de los votos en el noviciado llega generalmente a hacer vislumbrar teóricamente la manera de resolver la problemática afectiva y social en la vida consagrada. El apostolado social pone al religioso en situaciones concretas que son a menudo bastante distintas de la idea que se hacía de ellas el novicio recogido y protegido en un ambiente muy diverso. Una inmadurez afectiva demasiado grande de un Superior-Formador no puede menos de reflejarse negativamente en los formandos. Se da un influjo inconsciente inevitable de la disposición íntima del formador en el formando. Este sufre una presión formativa de aquel aspecto inconsciente de la personalidad del formador, quizá más fuerte y decisiva que los incentivos pedagógicos formales. Los resultados concretos de la formación proceden mucho más de lo que el Formador es que de lo que él dice y hace con el objetivo formal de educar. Ser un verdadero Formador o Superior (modelo) es más eficaz que hacer de Superior o de Formador. El Formador, como el hombre en general, no se manifiesta a los demás sólo con lo que dice. Todo su ser representa la expresión de un estímulo inconsciente, pero muy eficaz para la conducta de los otros.
Pero el aspecto de madurez más importante para un Superior-Formador es el de su vida espiritual. La madurez espiritual está estrechamente ligada a la madurez afectiva.
El elemento fundamental de la madurez es la fe. La fe sufre muchas veces una evolución paralela al crecimiento cultural y a la evolución de la afectividad. La fe religiosa se purifica de los restos de infantilismo espiritual en la medida en que el sujeto elabora sus conceptos filosóficos de la vida de adulto. Las razones de creer de un hombre de treinta o cuarenta años no son ya las mismas que alimentaron la fe del niño. El niño se somete de buena gana a los argumentos de autoridad. El adulto, por el contrario, manipula toda clase de argumentos científicos. Por eso siente la necesidad de un fundamento apologético de acuerdo con las exigencias de su espíritu de investigador. Por eso precisamente un buen método de formación tiene que incluir también un programa de estudios que sea adecuado a las exigencias intelectuales del hombre de hoy.
Para poder animar eficazmente una comunidad religiosa o de formación, el Superior - Formador tiene que poseer buenos conocimientos del dogma, de la moral y de la teología de la vida religiosa. La cultura científica sobre todo a nivel de las ciencias humanas no es condición para la santidad de vida, pero en la actualidad es, sin duda, un importante apoyo para la misma. Un religioso, y más todavía un Superior- Formador, que descuidase el estudio permanente de la Sagrada Escritura correría el riesgo de perder de vista el objetivo principal de su vida. Para ello no existe otra fórmula de llegar a la madurez espiritual.
Pero el grado de madurez espiritual no se manifiesta únicamente a nivel de la fe. También se la puede percibir a través de otras manifestaciones de la vida, como la actitud en la actividad apostólica, el modo de comunicar con los demás, la mentalidad, la espontaneidad con la que el sujeto es capaz de hablar de temas religiosos o espirituales o en la conversación común, la naturalidad con que habla de sus problemas de naturaleza espiritual en el coloquio personal con su director espiritual o con el Superior-Formador.