sábado, 16 de octubre de 2010

DISPOSICIONES DEL SUPERIOR – FORMADOR V Parte

Los seis mandamientos del amor fraterno

El primer campo de apostolado del religioso es la comunidad en que vive. Vivir en una situación de conflicto con los hermanos de la propia familia religiosa es la causa de la poca eficiencia en la actividad apostólica fuera del ámbito comunitario.

El religioso crece, se forma y se alimenta espiritualmente dentro de su comunidad. De allí sale al mundo para comunicar su riqueza o bien su miseria. Cada uno sólo puede dar lo que posee; el que no está en comunión con los hermanos de comunidad no puede llevar ningún mensaje de amor y de paz a sus hermanos laicos.

Una vida comunitaria auténtica se caracteriza siempre por los sentimientos de fraternidad y de solidaridad que están en la base del espíritu de familia.

El estilo peculiar de vida en grupo nace del tipo de relaciones interpersonales positivas que cultivan los miembros de la comunidad. Todo se resume en una sola palabra: amor.
Amor a Dios y amor a los hermanos.
¿Qué es amar al hermano? Es estar en relación con él de una cierta manera que puede describirse de este modo:

1. Aceptar a la persona del otro tal como se presenta, con su originalidad, con sus comportamientos equivocados y con sus limitaciones, sin tomar en consideración las molestias y sufrimientos que me puede causar.

Aceptarlo a pesar de mis sentimientos personales de antipatía, a pesar de la hostilidad o de la actitud injusta que pueda tener conmigo mi hermano, a pesar de mi repugnancia personal o cualquier otro motivo. .

2. Hacer sentir a mi hermano que lo acepto; hacérselo sentir por medio de palabras y de actitudes:

a) Por medio de palabras: en un momento difícil para él, saber acercarme y decirle secretamente: "¡Estoy contigo ... ¡", "Puedes contar conmigo", "Te comprendo ... ", etc.

b) Por medio de actitudes: las actitudes convencen más que las palabras. Se puede manifestar discretamente nuestra simpatía o bien iniciar una conversación, pedir un favor,
acompañarle a pasear, saludarle cordialmente, etc.

3. Perdonar siempre. En sentido estricto, perdonar es no vengarse. Nada más. Esto es relativamente fácil; basta con una decisión personal tomada con buena voluntad.

Perdonar no quiere decir "olvidar" la ofensa o dejar de sentir el dolor sufrido. El sentir y el olvidar no dependen de la voluntad.

Perdonar de corazón significa asumir internamente la ofensa sufrida de tal manera que no sea ya un sufrimiento.

Esto no es fácil. Por eso, para cumplir con el mandamiento del perdón basta con renunciar a la venganza. A menudo el que ha sufrido la ofensa tiene que seguir sufriendo internamente por la humillación sufrida. Es ésta una cruz que hay que llevar con paciencia, siguiendo el ejemplo del Señor.

Un buen método para olvidar una ofensa consiste en permanecer algún tiempo (media hora o más) frente al crucifijo. No pensar en nada ni decir nada. Sólo mirar al Señor crucificado y dejar que surjan los sentimientos. Es éste un método de oración que puede ayudar a perdonar de corazón hasta el punto de llegar a olvidar la ofensa recibida.

4. Respetar. Respetar al hermano es considerarlo y tratarlo como un valor, como una persona importante de tu comunidad, un hijo de Dios como tú, tu hermano en Jesucristo, quizá un pobre pecador como tú, redimido lo mismo que tú por la sangre de Cristo, quizá un pobre hombre limitado y con deficiencias de las que has de tener comprensión y compasión... Decir que es malo, que tiene mala voluntad..., es hablar de las consecuencias sin tener en cuenta las causas.

5. Confiar. Confiar es creer que, en el fondo, el otro es bueno a pesar de las apariencias contrarias. Confiar en él es creer en su capacidad de cambiar de actitud y de comportamiento si las condiciones le son favorables. Confiar es también hacer algo para que él descubra y acepte estas nuevas condiciones. Confiar que, aunque el otro se encuentre en la peor de las situaciones, con la gracia de Dios y con la ayuda de sus hermanos puede cambiar de conducta y renovarse personalmente. .

6. Ayudar. Puedes ayudar al hermano que se encuentra en dificultades de tres maneras diversas:

a) Poner a su disposición parte de tu tiempo: mostrarte disponible ante todo para escucharle. El que ama a sus hermanos dispone siempre de tiempo para ellos. Cuando es necesario, inventa tiempo. Si no es posible satisfacer de momento una petición, lo hará más tarde, mañana, cuanto antes ... El que no ama a sus hermanos nunca dispone de tiempo para ellos; siempre contestará que no tiene tiempo: "Me gustaría mucho ayudarte, pero, por desgracia no tengo tiempo... ¡Perdóname!"

b) Poner los propios talentos a disposición de los demás. Los talentos son como los carismas: se dan para el servicio a los demás. No utilizarlos para el servicio es enterrarlos. Servirse de ellos para satisfacción personal es traicionar al Señor que los ha dado.
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c) Ayudar es también practicar la corrección fraterna cuando es necesario. Este es un punto muy delicado del servicio que debemos a nuestros hermanos. Muchos de los fracasos en esta materia se deben a la falta de tacto o bien a que no se sabe cómo hacerla. "Hermanos míos. Si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro le convierte. Sepa que el que convierte a un pecador de su extraviado camino libra su alma de la muerte y cubrirá la muchedumbre de sus pecados" (Sant 5.19-20).
"Decir la verdad en la cara" no es corrección fraterna sino más bien agresión, injuria, una ofensa grave; es condenar. Aunque sea verdad lo que se dice y el interesado reconozca su culpa y la justicia de la reprensión siempre sentirá una grave dificultad en aceptarla debido al tono agresivo y de condenación con que se ha hecho.
La corrección fraterna tiene posibilidades de éxito cuando se hace con delicadeza, con sentimientos de respeto y de amor para con el hermano. Antes de hablar con tu hermano cuya condu.cta te preocupa, examina tu corazón y "mira tú ojo”. No quieras extraer una paja del ojo de tu hermano si llevas en el tuyo una viga.
Después de que te hayas purificado de todo sentimiento de odio, de hostilidad, de deseo de venganza o de dominio de cualquier impulso agresivo, intenta ver lo que te preocupa en el comportamiento de tu queridísimo hermano.
Háblale al corazón discretamente y con gran humildad. No lo reprendas. Dile con sencillez lo que te preocupa y pregúntale con respeto y humildad: "¿Qué piensas de esto?" Acepta en principio la explicación que te dé, aunque te parezca poco Sincera y verdadera. La pregunta "¿qué piensas de esto?" seguirá trabajando el corazón de ese hermano. Existen grandes probabilidades de que le ayudes a descubrir su propia verdad. Este es el primer paso para que con el tiempo, consiga cambiar algo en su conducta.
No exijas de los demás que te acepten, que te perdonen, que te respeten, que confíen en ti y que te ayuden. Los comportamientos sociales están siempre recíprocamente condicionados. Los demás te tratarán como tú les trates: "Lo que no quieras para ti, no lo hagas a nadie" (Tob 4.15). "Lo que queráis que hagan con vosotros los hombres, hacedlo también vosotros con ellos, porque en eso está la Ley y los Profetas" (Mt 7.12).

No tienes derecho a crucificar a nadie; pero si amas realmente a tus hermanos, siempre estarás dispuesto a dejarte crucificar por ellos.... por cualquiera de ellos... ¡Imita al Maestro!...

Motivar

El tema de esta tarea tan importante del Formador. No cabe duda de que una buena motivación es el motor pedagógico más importante para impulsar al formando al esfuerzo de búsqueda, de aprendizaje, de descubrimiento, de creación y de ejecución de su proyecto de consagración al Señor.

Estimular

El estímulo general de la motivación se pone a funcionar por obra del Formador como la fuente de donde procede la energía que mueve constantemente al sujeto para el crecimiento ininterrumpido. Pero el Formador no puede limitar su acción formativa a esta motivación. Hay formandos que además de esta presión más o menos constante, tienen necesidad de vez en cuando de estímulos más personales y específicos. Este hecho obliga al Formador a tener los ojos bien abiertos para intervenir inmediatamente con el formando que parece cansarse o desanimarse. Abandonarlo a sus propias fuerzas en una situación crítica de dudas o de pereza podría resultar peligroso para la prosecución de la realización de su proyecto de vida. En esos momentos difíciles el formando todavía débil e inseguro en el camino de la
perfección tiene necesidad de una ayuda particular para mantener vivo el fuego de su entusiasmo.

Coordinar

En una comunidad de vida, lo mismo que en una familia, hay bienes y valores comunes. Provienen del esfuerzo de colaboración de cada uno de los miembros a través de las iniciativas particulares de todos ellos. Para que las iniciativas personales no sean instrumentalizadas para la satisfacción del egoísmo individual, el Formador tiene que ayudar al formando a mirar también el bien común en todas sus actividades. Bienes comunes que el que se forma para la vida consagrada no debe perder nunca de vista son, entre otros: la santificación de toda la comunidad, la ayuda caritativa a cada uno de sus miembros, el crecimiento de santidad de toda la Iglesia.

Para realizar de forma satisfactoria su misión, el Formador tiene que discernir constantemente las actitudes y los comportamientos colectivos de la comunidad. En cada momento puede ser llamado a intervenir para salvar algún aspecto importante del bien común. Pero el buen formador procura actuar no sólo en esas circunstancias. Procura comprometer a toda la comunidad en la búsqueda de una solución justa de cualquier problema comunitario. La actividad comunitaria tiene que nacer del interés de todos por
la realización del bien común: crecer juntos como hermanos de la misma familia religiosa.

Instruir

Cuando un candidato ingresa en una casa de formación generalmente no sabe casi nada de nada. No sabe cómo comportarse en las diversas situaciones que se van presentando. No lo puede adivinar. Hay que instruirlo respecto al modo como se desarrolla la dinámica interna de la comunidad.

Pero el Formador es también fundamentalmente un instructor, un catequista. Tiene que ser para los formandos algo así como fue Jesucristo para sus paisanos: uno que explica de manera sencilla pero muy elocuente las cosas del Reino a nivel de vida consagrada. No se requiere para el Formador ningún diploma o doctorado en teología ni en ciencias sociales, pedagógicas o psicológicas. Cuanto mejor conozca y viva una teología verdaderamente encarnada en la realidad humana, cuanta mayor información posea a nivel de las ciencias humanísticas, tanto mejor. Pero ésta no es una condición para ser un buen Formador. Hay Formadores que obtienen resultados excelentes trabajando más bien con lo que les sugiere su buen sentido. Hay grandes educadores y formadores históricos que no tuvieron ninguna preparación especial o académica. Hay cosas importantes que no enseñan los bancos de la universidad, pero que pueden descubrirse en contacto con las realidades de la vida.

Controlar

La pedagogía moderna prevé que a lo largo de su educación y de su formación los alumnos y los formandos han de ir constantemente acompañados de una valoración permanente en el ritmo de su crecimiento. Este conocimiento pedagógico permite al Formador saber en cada momento si debe o no debe intervenir con el formando para una ayuda oportuna. Le permite, además, saber qué tipo de intervención será necesaria para ser verdaderamente útil.
La observación del comportamiento del individuo debe hacerse discretamente para no bloquear su espontaneidad. Si su conducta fuese el resultado de sus cálculos para una
adaptación más o menos defensiva, esa conducta no ofrecería ya datos útiles para una valoración válida del proceso de crecimiento.
Aunque discreta, la observación del comportamiento del formando tiene que ser sistemática. Un buen medio para profundizar en el conocimiento del formando consiste en
controlar sus sentimientos. Los sentimientos son la energía emocional que nos impulsa a la acción. Nacen como una reacción interna a los estímulos internos y externos: necesidades, deseos, objetivos, acontecimientos amenazadores o estimulantes... La cualidad del sentimiento indica el sentido o la dirección de la acción.
Los sentimientos se esconden en lo íntimo del corazón.
Es también en el corazón donde nacen los deseos. Ellos impulsan al hombre a organizar una actitud interior cuya fenomenología puede observarse fuera del sujeto. Por consiguiente, la actitud es una posición íntima que adopta el individuo frente a una situación problemática.

El comportamiento es la ejecución de este impulso interior o bien de la acción proyectada por esa toma de posición. Así pues, a través de la observación atenta y mediante el análisis del comportamiento observable del individuo se llega a comprender su actitud interna. Esta comprensión nos permite concluir algo respecto a los sentimientos que anidan en la intimidad del sujeto: su cualidad, su intensidad, su significado...

Para cambiar el comportamiento hay que realizar al revés el proceso interior que desemboca en el comportamiento y en la conducta. La conducta es la manera habitual de
portarse frente a situaciones semejantes. Para un cambio verdadero y radical de una conducta hay que dar marcha atrás a través de las etapas psicológicas de las que se deriva.
Por consiguiente, para cambiar de conducta hay que cambiar de comportamiento; para cambiar de comportamiento hay que cambiar la actitud externa de la que es la expresión; para cambiar de actitud externa hay que cambiar la actitud interna, y esa actitud cambia si cambian los sentimientos de donde nace; los sentimientos, a su vez, nacen de
los deseos, o bien de la comprensión positiva o negativa de los acontecimientos, o bien de las necesidades... Para cambiar de deseos hay que analizar y comprender en profundidad los motivos de donde nacen. Los motivos guardan siempre una relación directa con los valores. Los diversos valores interiorizados acaban dando origen a diversas conductas. He aquí por qué, si queremos que el religioso presente una conducta concreta, es lógico y urgente ayudarle a interiorizar los respectivos valores.

Puede decirse que el éxito o el fracaso de la formación en la vida religiosa dependen fundamentalmente del éxito o del fracaso del Formador en su ayuda al formando para que interiorice los valores evangélicos terminales e instrumentales de la vida consagrada.

Otros instrumentos indispensables, además de la observación discreta y sistemática, para un control eficaz son:
- La orientación general y particular.
- La purificación.
- El encuentro personal periódico.

La orientación general se refiere a todos los formandos en su situación común en la casa de formación: objetivos, reglamento, espíritu, vida comunitaria...

La orientación particular es más bien ocasional y se dirige a un sujeto que se encuentra en una situación especial: dificultad personal, falta de adaptación, marginación, desaliento, dudas...

La purificación se refiere al aspecto fundamental de la ascesis en la que deben ser iniciados los formandos desde el comienzo de su formación: vida de penitencia, aceptación de los sufrimientos inevitables, no buscar la vida fácil, sacrificios y mortificaciones voluntarias por amor a Jesucristo que sufre... Esta iniciativa tiene que obedecer a ciertas reglas de progresividad y de prudencia.

El encuentro personal sigue siendo el instrumento de control y de acompañamiento formativo privilegiado.