sábado, 16 de octubre de 2010

DISPOSICIONES DEL SUPERIOR – FORMADOR IV Parte

La necesidad demasiado grande de aparentar es un defecto moral

La inseguridad motivada por el miedo al fracaso revela una debilidad de la personalidad. Esta debilidad consiste en la incapacidad de soportar el ridículo o la falta de estima y de consideración. Es un defecto que puede hacer sufrir mucho a la persona. Constituye, además, una dificultad profesional para un Superior-Formador. El que no tiene confianza en sí mismo tampoco logra inspirarla a los demás.

La persona tiene confianza en sí misma cuando es plenamente consciente de sus capacidades, cuando sabe comprometerse hasta el fondo en una tarea a realizar sin experimentar ningún sentimiento de ansiedad respecto a un fracaso eventual. Solamente entonces el Formador será capaz de acercarse en un encuentro personal al formando en
un auténtico diálogo constructivo. Semejante actitud le permitirá actuar con calma y seguridad. Estas son las condiciones necesarias para que un encuentro se transforme en un interesante y fecundo coloquio personal para el formando. Únicamente el encuentro constructivo y verdaderamente sincero y cordial puede ayudar al formando. El tono seguro y tranquilo del Formador cuando habla, la firmeza de su voz y de su actitud actúan sobre su interlocutor como un sedante que tranquiliza y transmite paz y confianza.

Prestigio

El Formador que goza de prestigio entre los formandos tiene un mayor ascendiente sobre ellos. El prestigio es el resultado de todo un conjunto de cualidades reales o supuestas que la gente atribuye a una persona. Los que están al corriente de estas apreciaciones más o menos unánimes y creen en ellas comienzan a admirar a esa persona. Para gozar de prestigio no es necesario que la persona posea realmente las cualidades más o menos extraordinarias que se le atribuyen. Pero un prestigio basado en dotes falsas puede ser muy peligroso para el sujeto. Cuando se descubra su verdad no podrá resistir demasiado y se hundirá emotivamente. Si el Superior busca, aunque sea inconscientemente, servirse de cualidades supuestas, pero no verdaderas, ya no sería del todo auténtico. Su relación con los demás disminuiría, ciertamente, en eficacia. La desilusión de los formandos podría incluso significar un verdadero fracaso en su confianza. Un prestigio basado en cualidades reales es algo muy útil, realmente precioso, para un Formador que sepa utilizar con humildad y prudencia este maravilloso instrumento de trabajo. Para convencerse de la verdad de esta afirmación baste recordar a los personajes famosos de la historia: Moisés, Napoleón, Mahatma Gandhi, Don Bosco, el padre Alberione, Champagnat... Mucho de lo que realizaron lo pudieron hacer precisamente por el prestigio de que gozaban ante los demás. En sentido sobrenatural pienso que el verdadero prestigio tiene como objeto la misma función que el carisma: producir la eficacia de la obra apostólica. Por eso, todo Superior-Formador debería aspirar a gozar de cierto prestigio entre sus formandos.

El prestigio tiene muchas veces una recompensa ligada al esfuerzo del sujeto por cumplir alegre y fielmente su deber de buscar y de realizar la voluntad de Dios sobre él. Jamás habrá nadie tan famoso como Cristo. De él decían que "todo lo hacía bien". Breves y sencillas palabras que explican en cierto sentido toda la obra de salvación que él
realizó.
Por consiguiente, el método para alcanzar prestigio es muy fácil. Podría decirse que ese método se reduce a la imitación de Jesucristo: hacerla todo bien. Lo mismo que Crísto en medio de sus discípulos, el Superior-Formador se encuentra en medio de sus jóvenes hermanos como el que sirve, como el que hace bien todo lo que tocan sus manos.

El Superior-Formador debe ser para el formando un verdadero modelo para muchos de los aspectos de la vida religiosa a la que aspiran los candidatos. Tiene que ser el más caritativo, el más respetuoso, el más generoso, el más conciliador, el más manso... En una palabra, tiene que dar el tono por la relación interpersonal que hace la unión, la fraternidad, la solidaridad, la paz y la alegría.

La primera consecuencia del prestigio del Formador es la confianza que en él tienen los formandos. Por eso vale la pena que el Formador se esfuerce en ser para sus formandos una persona de confianza. ¿Qué podría hacer de útil y de bueno si los formandos no confiasen en él? Los encuentros se limitarían a una vulgar formalidad social sin resultados prácticos.
En cierto modo se podría afirmar que el buen prestigio del Formador es para él un precioso instrumento de trabajo, destinado a asegurar la eficacia de su acción apostólica entre los jóvenes formandos.

Actitud pedagógica del formador

El Formador tiene una imagen personal que preservar y que presentar frente al formando. Esta imagen queda tanto más claramente grabada para los demás cuanto más se identifica el Formador con su misión particular. El formando tiene que poder reconocerlo entre las demás personas que no tienen esa misma tarea. La confianza del formando en su Formador depende un poco de la imagen que éste presenta. Para el formando la imagen del Formador está hecha de lo que él puede ver, de lo que puede escuchar y observar en él. La imagen del Formador que percibe el formando generalmente se acerca mucho a la realidad personal objetiva del Formador. Una vez más hay que subrayar la importancia para todo Formador de trabajar constantemente en su perfeccionamiento. También en este caso lo falso se pone muy pronto de relieve. Los formandos a menudo saben muy bien hasta dónde llega la sinceridad y la autenticidad de su Formador. Resulta más o menos inútil querer esconder la propia realidad. Es mejor darse a conocer como un hombre normal, con tendencias y debilidades parecidas a las de los demás, pero que a pesar de todo está profundamente empeñado en convertirse constantemente. La humildad y la sencillez son siempre signos de autenticidad. Se trata de actitudes más importantes para el Formador que una especie de incolumidad, que una supuesta impecabilidad.

Del Formador no se exige que sea un gran santo. Se le pide simplemente una generosa buena voluntad de crecer en coherencia: amar cada vez más a Dios, imitar a Jesucristo con una generosidad cada vez mayor, ser continuamente más fiel en la práctica de los consejos evangélicos.

La preocupación tranquila por su constante crecimiento personal en el sentido del ideal de la vida religiosa es la actitud pedagógica de fondo del Formador. El está en medio de los formandos como el que tiene que dar ejemplo de cómo vive el religioso consagrado. Con los ojos fijos en él, los jóvenes formandos intentan espontánea y más o menos subconscientemente modelar su actitud interior y su conducta.

Lo primero que se ha de hacer con el candidato que ingresa en la Casa de Formación es ayudarle a aclarar y a purificar los motivos que están en la base de su decisión vocacional. Para la mayor parte de los candidatos estos motivos no están totalmente claros. Con frecuencia resultan insuficientes para fundamentar sólidamente una vocación.

Aunque el primer impulso interior es una auténtica obra de la gracia, en general esta luz original se ve ofuscada por la interferencia de otros motivos puramente humanos. No raras veces sucede que un candidato llega a la Casa de Formación diciendo que quiere ser religioso. Si el Formador le plantea la pregunta: "¿Por qué?", la respuesta del joven es
dudosa. No es clara. Quizá no sepa formularla. De todas formas, la mezcla prácticamente inevitable de otros intereses secundarios con su intención original pura hace que su visión del objetivo vocacional resulte un tanto confusa. Por sí solo le será bastante difícil llegar a una visión más clara de las cosas. No dispone de informaciones iniciales suficientes.

Para un trabajo tranquilo de elaboración de su proyecto personal es importante que el formando vea claro en su situación. La motivación de fondo de sus impulsos, de cada uno de los pasos que da, tiene que ser clara y decidida. Tiene que aprender a orientarse en todo a través de las respuestas obtenidas por su brújula de bolsillo: ¿Por qué hago esto? ¿Por qué quiero aquello? ¿Por qué voy allá? ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué estudio esto o aquello? Esta brújula del por qué es su instrumento de trabajo más precioso: estudio, oración, trabajo manual, recreo, descanso, encuentros, amistades... Las respuestas al por qué le dirán en cada momento en qué dirección camina.

El formando, lo mismo que todo religioso serio, tiene que preocuparse de las cuestiones de fondo de su propia vida, como, por ejemplo: ¿Por qué, si sé muy bien lo que he de hacer, no lo hago en la práctica?... ¿Por qué a veces siento la tentación de retorcer el mensaje evangélico para justificar lo que en realidad no puede justificarse?.. ¿Qué hay en mí que bloquea una verdadera conversión?..

Un verdadero motivo vocacional es siempre realista y no defensivo ni tampoco utilitarista. En último análisis se reduce siempre a la generosidad de abandonarlo todo para seguir a Cristo. Cualquier otro motivo es válido sólo en la medida en que re fuerza o purifica el motivo central.

La actitud pedagógica del Formador se distingue también de otras actitudes pedagógicas por su apertura a la trascendencia. Estar abierto a la trascendencia es creer de verdad que la vida del hombre en la tierra es una etapa provisional a la que sigue una existencia eterna más allá del mundo material y visible. Pero no basta con creerlo. Esta verdad tiene que encarnarla el Formador de tal manera que sus actitudes y su comportamiento sean un claro testimonio de ello. Si el Formador vive como una persona natural, materialista, el formando tendrá dificultades para abrirse a la trascendencia. La vida consagrada se vive en el tiempo presente en función de la verdad sobrenatural para una ayuda apostólica que se presta a los hermanos.

La actitud de apertura a la trascendencia del Formador es necesaria, por consiguiente, para que el formando pueda también descubrir esta actitud. La cerrazón a la trascendencia significa igualmente insensibilidad a la gracia. La fidelidad a los impulsos del Espíritu corresponde también a un descubrimiento que todo religioso debe hacer si quiere seguir un buen camino en la vida espiritual. Si el Formador no fuera un hombre abierto a la trascendencia, sensible y fiel a las mociones de la gracia, también el formando caminaría a oscuras en este sentido. La apertura a la trascendencia ilumina sobre el conjunto del proceso de formación y asegura su eficacia y la orientación justa.

Otra actitud pedagógica que se requiere en el Formador es la de un espíritu permanente de discernimiento. El formando tiene una necesidad urgente de verse ayudado a discernir constantemente su vocación.

Discernir la vocación significa ver con la mayor claridad posible entre las cosas que no están claras qué es lo que está de acuerdo con la voluntad de Dios y qué es lo que no lo está. Todo lo que ayude a interiorizar los valores terminales del amor de Dios y de la imitación de Jesucristo y los valores instrumentales de los consejos evangélicos es algo querido ciertamente por el Señor. Pero el formando no siempre sabe si lo que hace le
ayuda o le frena en el proceso de interiorización de esos valores. Puede sucederle, además, que caiga en debilidades humanas que constituyen ciertamente un obstáculo más o menos grave para su crecimiento.

El discernimiento vocacional no solamente es necesario para aclarar lo que el formando tiene que hacer y lo que tiene que evitar. Debe, además, ayudarle a crecer en entusiasmo, en esperanza, en amor a su vocación. Un buen discernimiento puede revelar al formando algunos descubrimientos importantes: que su vocación es auténtica o bien que no lo es, que su respuesta es prematura o que no ha sido realmente llamado. Estas son algunas cosas cuyo pronto conocimiento es muy importante para el formando. Cuanto más tarde en saberlas con claridad, tanto menos eficaz será su esfuerzo en el crecimiento. La duda podría llegar incluso a bloquear por completo el proceso de su búsqueda.

El discernimiento vocacional hecho por el Formador sobre el formando y juntamente con él tiene que verificar la presencia y el grado de eficacia de los valores. Esos valores son eficaces si paulatinamente se van convirtiendo en actitudes prácticas de la vida concreta del formando. En este punto se pone de relieve una vez más la importancia pedagógica de reforzar la motivación de aquella pequeña palabra del por qué. Esa pregunta debe estar siempre en la cabeza del formando para su control personal de los motivos y del objetivo de sus actitudes y comportamientos. El formando podrá crecer en su vocación en la medida en que tenga conciencia clara de lo que hace. El religioso que ha conseguido interiorizar los valores de la vida consagrada será psicológicamente consistente. En su obrar actuará normalmente por motivos más o menos parecidos a los que movieron a Jesucristo en su vida terrena: la unión amorosa con el Padre.

El valor evangélico de una vida consagrada no depende de lo que uno hace, sino de los motivos que lo llevan a obrar. En el caso del religioso, únicamente los motivos profundos, es decir, los que habitan en lo íntimo del corazón, determinan el valor de crecimiento humano y espiritual de lo que hacemos.

La formación para la vida religiosa no busca la adaptación de los formandos a una estructura. Consiste más bien en la ayuda a convertir el corazón al evangelio. Únicamente la conversión del corazón natural a un corazón deseoso de amor de Dios es sensible a los valores evangélicos. Una vez que el corazón ha sido tocado por el amor de Dios, el sujeto procura insertarse en una estructura que le permita vivir plenamente esta nueva realidad. Por consiguiente, las estructuras vienen después de la conversión. Así pues, el esfuerzo inicial del Formador consiste en sensibilizar el corazón del formando para la voz de Dios. Después ayudará al formando a crear en él una estructura personal de pensamiento, de intenciones, de sentimientos, de deseos insertos en el tiempo, en el lugar, en el horario y en los ejercicios que están previstos en la casa de formación. La estructura externa tiene la función de estar al servicio de las necesidades de la persona para favorecer su vida espiritual.

Formar en la vida consagrada es ayudar al formando a cambiar de vida para hacerse capaz de realizar el seguimiento de Cristo. Se trata tan sólo de una ayuda. Para que sea eficaz y para que el formando pueda alcanzar su objetivo es necesario tomar en consideración no sólo sus motivos positivos conscientes, sino también sus motivos subconscientes negativos.

Así pues, para ofrecer alguna ayuda al formando es muy importante que el Formador no se preocupe básicamente de preservar una estructura. Su esfuerzo de ayuda tiene que atender sobre todo a la persona del formando que quiere crecer. Para el consagrado, el crecimiento de su persona según los valores terminales escogidos es mucho más importante que las estructuras en las que tiene que vivir.

Tareas del formador

Un Formador bueno y eficiente se ocupa más o menos de todos los aspectos del desarrollo del formando. Se interesa por el hombre en la amplitud de su totalidad. Cualquier cosa que haga el formador tiene que ser vista por él como una ayuda directa o indirecta para el crecimiento de los formandos. Incluso prácticamente todo lo que hace o emprende aparentemente para su provecho personal tiene que ser concebido por él como algo que puede mejorar sus condiciones personales de Formador comprometido por entero en su misión.

Podemos pensar, además, en algunas tareas específicas del formador para ayudar a los formandos a crecer. Entre ellas destacan amar, motivar, estimular, coordinar, instruir,
controlar...

Amar

Para explicar en qué consiste el amor fraterno, en los cursos de formación permanente suelo entregar a los participantes una hoja que llamo "los seis mandamientos del amor fraterno". En ese resumen he sintetizado las virtudes que considero como lo mínimo que hay que practicar para que pueda crecer y mantenerse en una comunidad de vida la verdadera fraternidad. Reproduzco aquí el contenido de esta hoja. Creo que la primera tarea del Superior-Formador consiste en asegurar el clima de hermandad comunitaria en la casa de formación. He aquí entonces un medio para crear este clima tan importante para la formación en la vida religiosa.